¡Compadre, tú eres más artista que jardinero!

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El rapto de las mulatas, de Carlos Enríquez

A Manuel Vega Ferrer nadie lo conoce en el barrio de Párraga. Sin embargo,  cuando se pregunta por Manolito,  el jardinero, cualquiera señala con el dedo su casa.  Desde niño comenzó a desentrañar los secretos de la tierra y de las flores, y poco a poco se fue adentrando en el complicado oficio de la jardinería.

“A la hora del riego, hay que saber la medida exacta”, me anota en una de las hojas de mi agenda. Ya no puede hablar.  Escribe cada vez que quiere decir algo. Desde hace más de 30 años perdió la voz por un cáncer en las cuerdas vocales. Diez días después de nuestro encuentro, Monolito fallece. Tenía 83 años.

Mediante su oficio entabló una singular amistad con el pintor Carlos Enríquez. Hay hasta quien dice que inspiró uno de los personajes de Tilín García, una de las tres novelas que escribió el artista y la única publicada en vida.

En esas páginas aparece como Manolito, el hombre de los pájaros, quizás por ese afán suyo de criar pequeñas aves para alegrar las flores con que solía dibujar la entrada de la afamada finca Hurón Azul, el rincón bohemio de no pocos intelectuales de la época.  Guillén, Félix Pita, Carpentier fueron algunos de los asiduos a las infinitas noches y madrugadas de rones, amores y poesía, que allí hacía el creador de El rapto de las mulatas.

¿Cuándo comenzó a trabajar como jardinero?

– A los 13 años.

-¿Y sus estudios?

-Solo llegué a un sexto grado. Mis padres eran asturianos pobres. Lo poco que tenían era para darnos el plato de comida. Por eso,  después  que iba a una escuela pública con mis cuatro hermanos, debía vender café y leche en la calle.

¿Y quién les enseñó a leer y escribir?

-Mi mamá Carmen. Ella había ido a un colegio para señoritas en Asturias. Todas las mañanas, después de fregar los cacharros sucios del desayuno y dejar bien limpia la cocina, se sentaba con nosotros a enseñarnos una a una las letras del alfabeto. Luego, saltaba para los números.

Casa de Carlos Enríquez, actualmente convertida en museo

-¿Y cómo pudieron sobrevivir?

-Éramos casi nómadas. Hasta que en 1937 el dueño de una de las tres fincas de Párraga dejó que levantáramos una casita de madera al fondo de sus tierras. A cambio, mi mamá y mis hermanas le cocinaban y lavaban la ropa. Yo, me ofrecí como jardinero.

-¿Y quién era ese hombre?

-Carlos Enríquez

-¿Era muy exigente?

-Era un hombre justo. Nunca tenía dinero y siempre buscaba la manera de pagarnos.  Me daba un saco de botellas vacías de cerveza para que las vendiera en la bodega.  En su casa casi todos los días había fiesta.

-¿Esas botellas eran iguales a las que están enterradas boca abajo desde la entrada de la finca Hurón Azul hasta el portal de la casa?

-Una vez Carlos Enríquez viaja a México y antes de irse me deja dos sacos de botellas carmelitas para que se las vendiera al bodeguero. Pero pasan y pasan los días y no le doy nada al hombre. Después se me ocurrió la idea de cogerlas para bordear los marpacíficos y el tronco de caoba que hacían de cerca.

-¿Cuál fue la reacción de Carlos al ver aquello en su jardín?

-Me dijo: “¡Compadre, si tú eres más artistas que jardinero! Ahora sí te vas a fastidiar, Manolito, porque no te doy ni una botellita más para vender.”

-¿Entonces le gustó la idea?

-Y de qué manera.

-¿Cuántas llegó a colocar?

-Miles -escribe, y de inmediato hace un gesto con las manos y la boca para indicar la infinidad de la cifra.

-Manuel, ¿es cierto que el contenido de todas esas botellas se las bebió Carlos Enríquez?

-Nunca lo vi tocar una cerveza. Él era alérgico a esa bebida. Su fuerte era el Matusalén.  Todos los días desayunaba con una botella en la mesa. Fuera de ese ron, más nada.

-¿Cómo logró hacer el famoso cayo de mariposas del que todavía hoy se habla?

-Tuve que cargar y cargar grandes cubos de agua. Las mariposas son flores que solo se dan bajo riego constante y fuerte sol. Un día sin agua y ya están muertas. Logré una veintena.  Las sembré encima de una fosa, que era prácticamente un basurero.

-¿Por qué en 1947 abandona el Hurón Azul?

-El cáncer en las cuerdas vocales ya me había caminado mucho. Según el médico lo mío llevaba operación y debía separarme por un tiempo de la guataca y el chapeo.

-Diez años después de su partida, muere Carlos Enríquez. ¿Qué sintió al saber esa noticia?

-Me dio mucha tristeza. Solo tenía 56 años. Era un hombre joven todavía.

Paisaje, de Carlos Enríquez

-Además de la jardinería, ¿qué otra cosa le gusta hacer?

-Pintar. Vi por mucho tiempo a Carlos en su estudio. De lo poco que aprendí mirando, hice a escondidas mis dibujos: una reproducción de sus cuadros De Vigo a la Coruña, Paisaje y La Lola en el pueblo. Nunca tuve el valor de mostrárselos.

-¿Por qué?

-Por vergüenza.

¿Y esas casitas Hurón Azul de papel maché que hace?

-Hice reproducciones en todos los tamaños. Chiquitas, medianas y grandes. Cogí un lugarcito en el concurso Combate, que se celebra todos los 3 de Agosto, en memoria al nacimiento de Carlos.

-¿Por qué vuelve a trabajar en el Hurón Azul en 1980?

-En ese tiempo, el marabú estaba muy crecido en la finca y la maleza cubría la zona del antiguo jardín. También por esa época se comenzó a preparar la casa como museo. A mí me vino a ver Raquel Valdés, la primera directora del Hurón Azul. Por medio de los vecinos llegó a mi casa para pedirme una ayuda. Ella quería regresar aquel lugar a lo que había sido antes. Todos creían que estaba chiflada.

-Pero, ¿usted aceptó?

-SÍ. También tenía mi poquito de esperanza. Nos costó siete años de trabajo volver a hacer el jardín de Carlos Enríquez.   Antes que saliera el sol ya yo estaba dando guataca. Por eso cuando me muera mis cenizas abonarán este jardín.

Mirtha E. Guerra Moré

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One Response to “¡Compadre, tú eres más artista que jardinero!”
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