Mantecao es Mantecao

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Hoy muchos no saben que fue un artista callejero. “Mantecao es Mantecao”, suele decir con picardía cada vez que le preguntan por su singular apodo, pero lo cierto es que carga con ese mote desde 1944. Trabajó lavando sombreros, pero quemó uno completo. Fue panadero hasta el día en que ardió un horno lleno con galleticas por estar distraído.  Hoy, Manuel Nápoles Granado es uno de los patriarcas de la trova tradicional espirituana en el centro de la Isla.

Mantecao confiesa que desde el vientre de su madre cantaba como un grillo. A su padre, el trovador espirituano Ismael Ramos Venegas, le debe la vocación y el aguzado oído con que aprendió las primeras notas musicales. Intentó ser panadero, chofer y hasta carnicero, pero en su mente solo había espacio para las melodías que entonaba a todo pulmón cuando se daba cuatro tragos de ron en un bar.

Con 78 años todavía se le puede escuchar en varios lugares del centro histórico de la ciudad de Sancti Spíritus, en el centro de la Isla. Trabaja en el Hotel Plaza, en el Hostal del Rijo y en la Casa de la Trova. También suele estar entre amigos, rememorando los tiempos en que se ganaba la vida de cantina en cantina, o en la puerta de cualquier casa en una noche de serenatas.

Hoy muchos no saben que fue un artista callejero, que desafió severas imposiciones maternas y más de una vez sus presentaciones terminaron a punta de revólver, mojado con agua congelada o por la fuerza de la policía.

“Hacer música cuando era joven no era nada fácil”, cuenta sentado en el balcón de su morada, en la calle que baja por la Iglesia Mayor hasta el puente sobre el río Yayabo, centro histórico de la ciudad de Sancti Spíritus, donde un día las autoridades quisieron hacerle un homenaje y no asistió porque está convencido de que “más atrás viene la señora de la guadaña, y todavía hay Mantecao para rato”. El suceso hasta inspiró una guarachita, parte de su actual repertorio y atesorada entre las infinitas anécdotas que lo hicieron merecedor de la condición de Patriarca de la Trova y el Buen Humor Espirituano.

“Los años te ponen como una chancleta y realmente yo fui demasiado alegre en el sentido de las borracheras. Pero eso ya pasó. Si yo fuera un desastre, aunque mis compañeros son excelentes, el trío Miraflores no tuviera el prestigio que tiene”, aclara.

“Mantecao es Mantecao”, suele decir con picardía cada vez que le preguntan por su singular apodo, pero lo cierto es que carga con ese mote desde 1944. Por ese tiempo se dedicaba a limpiar carros en el parque central de la ciudad espirituana y cada vez que terminaba su trabajo, para saber si fiaba o no, preguntaba: “¿Cómo anda hoy el mantecao?” Si estaba bien, significaba que había dinero. Si le decían que estaba derretido, entonces, “la cosa estaba floja y tenía que fiar”. Así se le fue pegando el sobrenombre con que se ha presentando en los escenarios más insospechados de Cuba y del mundo.

La música la lleva en los genes. Hijo de trovador, a los 15 años se sabía todos los números del por entonces dúo Miraflores, aunque aún no utilizaba la guitarra. “Un día el director, se me acerca y me propone cantar cuando el otro integrante, no estuviera”, dice, y otra vez se imagina ensayando en el parque. “Una noche me invitó a hacer una prueba, y a la gente le gustó. Ajustamos el repertorio, y servía de reemplazo”.

Según narra, aprender a tocar la guitarra fue tremendo problema porque su mamá no quería de ninguna manera. “Ella había sufrido mucho con mi papá por ser trovador, chofer y borracho. Un día hasta me la rompió y quemó en medio del patio de mi casa. Menos mal que cuando aquello valían dos o tres pesos.

“También tenía el problema de los apellidos. Cuando yo era chiquito, un día mi padre, después de una borrachera, le dijo a Alfredo Varona, ese gran compositor espirituano con quien formaba un dúo, que iba a ‘herrar al muchacho’. El era muy jodedor y dicharachero. Cuando llega al juzgado le da por alzarme el labio y decir que si no tenía los colmillos de oro, yo no era su hijo.

“Ahí mismo se acabó el mundo. Por eso es que me apellido Nápoles Granados, como mi mamá, que me inscribió a los 17 años. Mi papá se desbarató en el ron”, recuerda.

Ante la negativa familiar, intentó buscar otros caminos. Trabajó lavando sombreros, pero quemó uno completo. Fue panadero hasta el día en que ardió un horno lleno con galleticas por estar distraído. También probó ser carnicero, con la misma mala fortuna. “La vida era cruda, y en mi cabeza sólo había lugar para la música”, aclara.

“Primero decidí aprender a tocar la guitarra”, cuenta. “La tuve que esconder en una casa del barrio. Yo vivía en la calle San Alejo No. 6. Comencé a formarme de oído con el trovador Rafael Rodríguez. Un día le dije a mi mamá que la guitarra estaba produciendo. Cuando venía borracho, entonces me daba un sermón de las siete palabras…, y así nos fuimos acomodando. Todo lo que ganaba siempre se lo daba.

“También encontré buenos trabajos. Ya estaba la explosión internacional de Los Panchos. Hasta el 50 hice varias cosas. Después me fui con Sigifredo Mora y Arístides Castañeda, muy buenos trovadores, para La Habana para trabajar en un club, donde actuaban Bola de Nieve, Candito Ruiz e Ivett de la Fuente. Eso quedaba frente a la emisora CMQ, hoy Radio Progreso, pero no seguí porque mi madre no se adaptaba a la vida de La Habana, y regresé para Sancti Spíritus”, narra.

Al regresar al terruño, como todo trovador de la época, su vida como artista era muy fluctuante. Estuvo en el cuarteto La Madrugada; después pasó al combo Los Armónicos, con el que trabajó hasta el año 1972, cuando Miraflores fue fundado como trío.

“Antes no había cultura ninguna. ¿Qué trabajo serio se podía realizar de cantina en cantina?”, comenta, y se le avivan los ojos al recordar aquella vida bohemia, dura y sublime a la vez. “Los trovadores teníamos fama de vagos, sinvergüenzas, borrachos, bandoleros… Ahora hay una tradición, pero antes no nos aceptaban.

“Hacíamos zafra dos veces al año: en los carnavales y a fin de año. Los bares resultaban inestables. Allí teníamos el problema del traganíquel. Con las serenatas ganábamos más dinero.

“En aquellos tiempos los padres celaban mucho a sus hijas, y las serenatas era una manera de enamorar, aunque se daban por muchos motivos. Los días de las Madres y de los Enamorados; de amistad a la familia, por un cumpleaños, de conquista, por maldad o de reconciliación. Las canciones se buscaban alegóricas al momento.

“Las más caras eran las amorosas duras. Cobrábamos por adelantado y antes de ir probábamos el arranque de los carros. Algunas terminaban a punta de pistolas, con machetes, palos, nos querían tirar agua caliente…

La guitarra es el instrumento central de la trova espirituana

“Llegó un momento en que las serenatas fueron por “control remoto”; es decir, la hacíamos en una casa conocida, pero realmente era de oreja para otra muchacha de la cuadra. También utilizamos el teléfono”.

Nos pasaron cada cosas…

-¿Cómo cuáles?

-Una vez fuimos para reconciliar a dos novios y quien nos contrató escogió una canción de Rafael Rodríguez titulada “Venganza”, que tiene una letra fuerte: Vengarme yo quisiera/ en la caja mortuoria contemplarte/…/ y al verte hecha festín de los gusanos/ reírme a carcajadas de tu orgullo/… Los hermanos de la joven le dieron tremendo pase al novio. Después se casaron.

“Dimos una serenata en una casa vacía. Cantamos 17 números, uno detrás del otro. La suerte fue un vecino que gritó: ‘¡Oye, ustedes son bobos, ahí no vive nadie hace diez años!’.

“En otra ocasión fui al cementerio a cantarle a la madre de un trovador. Un día me mojaron por maldad de los amigos. Yo, de sonso, cuando empecé a cantar Qué me importa que la lluvia/ caiga despiadadamente…, ahí mismo me empaparon con un cubo de agua con hielo, orine y vaya usted a saber qué más. Todavía tengo ese catarro.

“A una novia se la llevaron mientras cantábamos Luna de miel para los dos/ en un sueño viviremos los dos… De pronto notamos un silencio, hasta que salió el padre con una pistola y aquello fue de madre.

“Después fuimos a otro lugar y hacía tres días que había muerto la señora de la casa. Terminamos corriendo por la calle…”, cuenta muerto de la risa, hasta casi hacernos creer que le gustaría que volvieran esos tiempos.

“¡Qué, va! Ahora sé lo que soy y el trabajo es distinto. Mi trío es una institución. Tenemos el Premio Memoria Viva de la Fundación Juan Marinello. Del ‘99 para acá hemos dado seis giras por Europa. He visitado España, Francia, Holanda, Suiza… Nuestro CD “La Casa de la trova”, junto al dúo Las Hermanas Faes, de Camagüey, con la firma francesa Erato Disque, le ha dado la vuelta al mundo. Se ha vendido en lugares increíbles para mí como Singapur, Hong Kong, Inglaterra, Japón, Malasia, Canadá…

“Ya tenía idea de retirarme, pero si Compay Segundo no paró de actuar y de viajar hasta casi los 100, cómo no voy a seguir. Tremendo impacto recibí al cantar en París a mi edad.

“Si por mis sentimientos pudiera hacer ahora una serenata, solo se la daría a mi mujer, Odelta Arredondo, a la única que le di una por mi corazón. Quiero que vivas feliz/ tú sabes mi bien que no te maldigo./ Si algo te llega a pasar/ estés como estés / contarás conmigo/…”

Katia Monteagudo

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Comments
2 Responses to “Mantecao es Mantecao”
  1. Melissa dice:

    Adonde puedo conseguir la canción de Rafael Rodríguez – Venganza? Por favor, necesito encontrarla..

  2. Hi! I’ve been following your blog for a long time now and finally got the bravery to go ahead and give you a shout out from Humble Tx!
    Just wanted to mention keep up the good job!

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