La Habana, a la hora del camello (I parte)

La Habana

La capital de todos los cubanos acaba de cumplir 490 años.

A José Polo, un habanero de 72 años de edad, le resulta casi imposible definir qué es lo que más aprecia de su ciudad. “Hay tantas cosas”, dice con paso apurado, como suelen andar todos a cualquier hora del día. “Somos así, quizás porque las guaguas pasan muy rápido, y si la dejas ir…”, explica, sin dejar de caminar raudo por la Rampa, la avenida más céntrica de la urbe, por donde circulan varias rutas de ómnibus para el uso público.

“Lo mejor es el Malecón”, confiesa al fin, porque los citadinos tienen un argumento para todo. Seguido emprende una carrera detrás de un P4, con pocas intenciones de detenerse en la parada. Otros igual se arriesgan tras el ómnibus, atestado de pasajeros hasta el techo. Son las 7 y 20 de la mañana.

“Así es todos los días”, comenta desanimada una joven, quien se ve obligada a seguir esperando. “Dentro de diez minutos pasa otra”, dice para calmar los ánimos un hombre vestido con uniforme de inspector de transporte. La muchacha mira el reloj y reza para llegar a tiempo al trabajo. Observa con pánico cómo José Polo se aleja colgado de la puerta trasera del metrobus.  Alguien lo empuja hacia dentro. Queda comprimido junto a un centenar de viajeros que se mueven desde la terminal de trenes, en la zona este, hasta el extremo oeste de la ciudad. El chofer reclama los 40 centavos del pasaje, la mitad de un centavo dólar. José Polo disimula, igual que el resto de los que subieron por detrás.

El nuevo camello -como la imaginería popular bautizó a los ómnibus articulados-, pertenece a la flota de Yutong Buss, que actualmente circulan por las principales avenidas de la capital. Funcionan como una especie de metro. “Estamos en la era China”, bromea alguien en la parada, ubicada en la misma acera de la heladería Coppelia, en la esquina de las calles 23 y L.

El ruido del tráfico se entremezcla con el vocerío de los vendedores callejeros: “Maní, maní”, “Caramelitos de menta”, “Rebelde, Rebelde, el diario Rebelde”…, pregonan a todo pulmón, en marcha apurada por el borde de la avenida. En La Habana se carece y se vende de todo, aseguran sus moradores. “Si desean les traigo un elefante disfrazado con el traje de los Industriales”, susurra bajito un joven moreno, muy bien vestido a la moda, y proponiendo música, películas, bisuterías… En su cuello resalta una cadena de oro y los collares de la santería yoruba. Sonríe y se aleja cuando ve acercarse una escuadra de policías. Nunca faltan por la zona. La manzana del Coppelia suele estar atestada de gente, lo mismo de día que de noche. Son cerca de las ocho de la mañana y aún no abre la más afamada heladería del país. Varios trabajadores de la limpieza acomodan mesas y sillas. A las diez comienzan con la venta hasta doce horas después. Alguien anota en la tablilla los sabores en oferta: Fresa y Chocolate.

Por la misma acera varios transeúntes prefieren viajar en Almendrones, como los habaneros, dicharacheros hasta morir, califican a las viejas máquinas que sirven de taxis urbanos. Por 10 pesos cubanos -unos 45 centavos dólar-, y a veces el doble, botean pasaje de una punta a la otra de la urbe. Estos medios de transporte, colecciones completas de la industria automovilística norteamericana de los primeros 60 años del siglo XX, hacen de La Habana el mayor museo rodante del mundo. Pocos turistas pierden la oportunidad de tomarse una foto o viajar sobre los Chevrolet, Ford, Buick, Oldsmobile, Chrysler o Plymouth que abundan, como acabados de salir de fábrica.

Muchos habaneros visten de blanco. El color se ha puesto de moda después del concierto por la paz del cantante colombiano Juanes. El suceso movió hasta la Plaza de la Revolución -el centro político y gubernamental del país- a más de un millón de citadinos vestidos de ese tono. Otros lo usan como ofrenda a sus orichas: Yemayá, Ochún, Shangó, Babalú Ayé. Igual devoción despiertan la Virgen de Regla y la de la Caridad del Cobre, Santa Bárbara, el mítico San Lázaro, además del Jesús Cristo de 18 metros de alto y 320 toneladas de mármol de Carrara, que en las alturas de Casa Blanca bendice a todo el que entra o sale de la bahía.

Esta ensenada permanece custodiada por el sistema de fortificaciones que conforman el Castillo de San Salvador de la Punta, el Castillo de los Tres Reyes del Morro y la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña. Desde este último recinto, a las nueve en punto de la noche, todavía se dispara el cañonazo que otrora anunciara el cierre de la ciudad. Aunque la urbe permanece hoy abierta para todo el que la visita, aún conserva la tradición del disparo al mar.

José Polo va perdiendo de vista al Malecón. En esta ciudad todos aman ese muro. El lugar es perfecto para observar uno de los crepúsculos más espectaculares del planeta. Cuando empiezan a apagarse las últimas luces del día, los más increíbles colores del trópico suelen dibujarse en cielo y en el agua del mar. A esa hora miles de habaneros se acomodan sobre la pequeña muralla. Son gente común que se detiene admirar la acuarela de la naturaleza, mientras refrescan con la brisa marina. También el lugar es preferido por no pocos turistas.

Más avanzada la noche, sobre la acera del muro empieza a emerger otra generación de habaneros: travestís, jineteras, negociantes y miembros de las más increíbles tribus juveniles urbanas. Todos se mezclan y algunas veces caldean el ambiente. La policía no deja de rondar la zona. Hasta bien entrada la madrugada ahí permanecen. Pescan, conversan, cantan, bailan, escuchan música, fuman, beben… Otros aprovechan y se ganan el pan del día con improvisados y pequeños negocios. Trovadores callejeros, floristas, merolicos… rondan y animan el vial con sus ocurrentes pregones.  Ya son las ocho de la mañana y otro P4 se acerca a la parada del Coppelia…

Katia Monteagudo

La Habana, a la hora del camello (II parte)

La Habana, a la hora del camello (III parte y final)

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7 Responses to “La Habana, a la hora del camello (I parte)”
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  4. Katia dice:

    Mi homenaje a la ciudad de todos. Amada y odiada con la misma vehemencia. Yo la amo. Y que me perdonen mis coterráneos espirituanos. Ya no sé vivir sin ella

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