Vivir entre difuntos

ROSTROS DE CUBA EN ESTRENO

“Yo soy un hombre muy bruto. Mi vida no se la he contado a nadie, ni a mi madre, que en gloria esté”, dispara certero Julio Hernández, el sepulturero más viejo del Cementerio de Colón. “Desde 1870 y pico, mi abuelo era sepulturero en el Cementerio de Espada. Y así nacieron sus hijos, luego vinieron los nueros y a todo el que pudo, lo coló en el oficio. ¿No quieres estudiar? ¡Ah!, parado en una esquina no puedes vivir. Supuestamente, vine por una semana porque había dejado la escuela, y aquí estoy todavía.”

Luis Alejandro Yero

“Yo soy un hombre muy bruto. Mi vida no se la he contado a nadie, ni a mi madre, que en gloria esté”, dispara certero Julio Hernández a la primera de las interrogantes que pretendían escarbar en las interioridades de un hombre con 64 años de experiencia en el oficio de sepulturero.

“Hago mi trabajo y punto”, responde ríspido, mientras se acomoda a reposar el almuerzo en uno de los bancos de la Necrópolis de Colón, en La Habana, joya del patrimonio cultural y en la lista de los camposantos más famosos del mundo. Sus manos grandes y ásperas aprietan bien fuerte al saludar. El largo de las uñas enseguida atrapan la atención. Es canoso y de piel negra. Una dolencia en la rodilla lo obliga a caminar arrastrando los pies. Anda pasito a pasito por los rincones del cementerio.

De primera impresión, suele confundirse con esos abuelos que cuentan historias a los nietos. A veces deja inconclusa las frases al no encontrar las ideas precisas. Otras, las dice de sopetón, casi siempre cuando es una burla. “De aquí hasta Lawton (barrio habanero) hay tremendo tramo. Mira, apúrate y deja de preguntar boberías“. “¡Vive tan lejos!”, comento sin responder al ataque. “¿Y cómo llega hasta aquí?”. La mueca de su cara me anticipa una frase burlona. “¿Cómo va a ser? ¡A golpe de guagua!”, dice y mira de reojo lo que anoto en la agenda. De improviso, comienza a hilvanar algunos trazos dispersos de su larga historia. “Nací en el Cerro, en 1931. De mi niñez recuerdo poco. Ya cumplí 77 años y aquí estoy desde los 13.”

– ¿Por qué a esa edad? ¿Era tan pobre?

– Pobres somos todos. Yo quería ganarme mi dinero. Cuando aquello estaba como en cuarto o quinto grado, no recuerdo bien. En aquella época había que hacerse hombre rápido.

-¿Le viene por tradición familiar, o es usted el primero?

– No, no, no. Mi abuelo, mi papá, todo el mundo. Desde 1870 y pico, mi abuelo era sepulturero en el Cementerio de Espada. Y así nacieron sus hijos, luego vinieron los nueros y a todo el que pudo, lo coló en el oficio. ¿No quieres estudiar? ¡Ah!, parado en una esquina no puedes vivir. Supuestamente, vine por una semana porque había dejado la escuela, y aquí estoy todavía.

-Y entonces vino a trabajar al cementerio de Colón.

– Sí. El Cementerio de Espada cerró en 1878, y desde entonces comenzaron a traer los difuntos para acá. Con los muertos vino mi abuelo y aquí echó su vida y la de todos nosotros. Cuando eso yo no estaba ni por los riñones de mi padre.

– ¿Recuerda su primer entierro?

– ¡Qué me voy a acordar!

-¿Se asustó la primera vez que vio un cadáver?

– Na’. Yo no me impresiono con nada por primera vez. Uno se adapta, como en todas las cosas. Para mí, era meter un cajón en un hueco.

– ¿Quién le enseñó las mañas del oficio?

– Mi padre. Yo siempre estaba a su lado. Es como todo, alguien tiene que irte diciendo: “así se hace”, “no lo hagas de esa forma”…

– ¿Aprendió rápido?

– Esto no lleva mucha ciencia. Abrir una tapa y meter un cajón.

– Entonces es un trabajo fácil.

– No, no, tampoco así. Parece fácil, pero no lo es. La caja tiene que empatar bien con la tumba, debes tener mucho cuidado al bajarla, los cuerpos se exhuman cada cierto tiempo… Todo en la vida tiene su mecánica y enterrar un muerto también.

– ¿Alguno de sus hijos es sepulturero?

– Uno nada más. Dejó los estudios y yo le dije: “Vamos para el cementerio”. Y aquí estamos juntos, porque vago no podía ser.

– ¿Otro familiar suyo se dedica a este oficio?

-Mi hermano Quilín. Murió ya. Ese era el único que ustedes los periodistas podían coger para todo esto. A él le gustaban las entrevistas, tirarse fotos. De estas tumbas viejas se sabía todos los cuentos. Él tenía mejor memoria.

– Julio, ¿tiene trabajo todos los días?

– ¿Cuándo no hay trabajo? Todos los días se muere alguien. Aquí estoy de domingo a domingo.

– ¿Y los días festivos?

– ¿Qué tú piensas, que la gente deja de morirse los fines de años, el 14 de febrero o el Día de las Madres? Para morirse solo hay que estar vivo.

– ¿Tanto le gusta este lugar?

– Mira, ni muerto podré salir de aquí. En mi casa me aburro y en la televisión hablan de lo mismo y lo mismo. Eso es para los muchachos que nacieron ahora.

-¿Ha enterrado algún personaje famoso?

– ¿Famosos?, para mí todos son muertos.

– Pero usted sepultó al hombre de la tumba parada.

-¡Ah!, sí, Rodriguito. Él compró un terreno para hacer su tumba y la de la esposa. La hizo para ser enterrado parado. Se puso tan fatal que murió al terminar el arreglo de la capilla. Se la entregaron al mediodía y por la noche le dio un infarto. Tanto traqueteo y, al final, ni pudo ver su tumba, ni terminó acompañado. A su mujer la sepultaron por casa del diablo.

– ¿Y a sus padres quién los enterró?

– A mi madre no sé, porque era niño cuando murió. Cuando mi padre, ya era hombre, pero en ese momento no me fijé en quien fuera ni dejara de ser el enterrador.

– ¿Le ha dado sepultura a algún amigo?

– ¡Ay!, yo he enterrado a todo el mundo, a amigos y enemigos.

– ¿Qué ha sentido?

– Yo siento lo mío, lo ajeno no. Cada uno carga con su jolongo (coloquialismo. En este caso: carga). No puedo llevar el sentimiento de este, de aquel o del otro. Los mismos que van al entierro, después van para su casa, se toman cuatro coñac y se olvidan del difunto. ¿Cómo voy a llevar esa vida martirizada? Nada vale en cuestión de muertos.

– ¿Es cierto que ya está jubilado oficialmente?

– Hace quince años.

-¿Por qué sigue aquí?

– Creo que todavía puedo dar una mano. Además, la chequera no alcanza para vivir. Todo vale más caro de lo que uno gana. Sobrevivo con los trabajitos que todavía puedo hacer.

– ¿Cree en alguna religión?

– En todas. No soy fanático, pero creo en Dios y en Yemayá. Lo mismo rezo un Padre Nuestro, que le pongo una vela a Changó.

– ¿Si no hubiese sido sepulturero?

– Menos vago en una esquina, algo iba a ser en esta vida. Sería albañil o rompepiedra.

– ¿Por qué no le gusta que lo fotografíen?

– ¡Ay!, mijo, porque no soy modelo, ni historiador, ni estoy para catálogo de revista.

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