Las nostalgias son unas cabronas

Las nostalgias son una cabronas y suelen  aparecer cuando menos se necesitan. Sobre todo cuando se está lejos de la tierra, de la casa, de la familia, de los amigos o del ser amado. Ellas nos sorprenden en el lugar menos pensado, como si siempre nos estuvieran acechando, a la caza de ese instante en que no hay tiempo para los sentimientos o no hay espacio para pensar en las ausencias o lejanías.
Aquí muchos la nombran gorrión. Tal vez por su similitud con la tristeza de esa avecilla cuando pierde su libertad y hasta llega a morir por su cautiverio. Por eso nostalgia y gorrión en Cuba resultan lo mismo. Incluso sigue siendo igual para aquellos que viven fuera de fronteras.
No creo que haya cubano capaz de escapar a este sentimiento, que aflora en los sonidos, sabores, olores, música, calor… Brota sin misericordia hasta en los más descreídos.
Recuerdo mis días en Guatemala hace diez años atrás. Aún me duelen. El primer mes fue una fiesta. Al segundo, el gorrión hizo presa de mi y no me soltó hasta un año después de mi regreso. En los cinco meses restantes de mi misión tuve la sensación de que el tiempo se había detenido, que el almanaque no avanzaba, que vivía el mismo día una y otra vez. Me parecía que nunca llegaría el día del regreso a Cuba.
No es que no me guste viajar. Como isleña al fin, muchas veces me he sentido naúfraga en esta isla, y me he inventado un montón de viajes por el mundo. Mis preferidos: una tarde en Paris, o caminar por Nueva York, o recorrer la muralla China, o viajar por la pradera Africana, al estilo de ese grande de la literatura y del oficio, Ernest Hemingway, de quien me siento eterna seguidora.
Cuánto he viajado con mi mente. También lo he hecho de verdad, por Cuba sobre todo. De una punta a la otra. Por mar, tierra y aire. Son pocos los lugares que no he visto. Me cuento entre las poquísimas mujeres periodistas que le han podido dar un bojeo a nuestro archipiélago. En el 2004 tuve ese privilegio en el buque escuela Carlos Manuel de Céspedes, de la Academia Naval de Cuba. Nos llevó todo un mes.
En ese viaje entendí todo el valor que hay que tener para cruzar el estrecho de La Florida, lo mismo en una lancha, que en una balsa o en una palangana. Allá afuera nada es seguro. También en ese recorrido supe que soy gente de tierra firme, que nada se me ha perdido en un barco o en un avión.
A Cuba la conozco como a la palma de mi mano. De la Autopista Nacional cada uno de sus baches y hasta donde los policías te esperan para ponerte una multa. Sin embargo, nunca he estado en el Turquino. Quizás ya no tenga pulmón para emprender a los 44 años esa escalada.
Por suerte, tengo en mi curriculum mi ascenso a Los Cuchumatanes, la elevaciones más altas de Centroamérica, con más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Llegué hasta allí en transporte público, con mi computadora y cámara para reportar la vida de los médicos cubanos en aquella geografía desoladora.
Pero en la misma medida que ascendía aquella camioneta, mi gorrión se acrecentaba. No pocas veces me pregunté qué coño hacía ahí. Fue un viaje de más de 16 horas, en el que perdí la voz, y parte de los pulmones con una neumonía.
Aquella geografía inmensa, desconocida, fría, lejana hacían que mis nostalgias crecieran sin control. No era la única. Recuerdo aún el abrazo del médico cubano cuando llegué. Los dos lloramos. Por la noche compartimos su cuarto, la comida y hasta la colcha. Lo tuve que entrevistar debajo de una frazada porque el frío paralizaba. Ese día sólo me pude cepillar los dientes.
No recuerdo ahora el nombre de aquel joven médico, que dormía en aquel cuarto húmedo y frío, casi en la cima de una montaña. Era de Ciego de Avila. Hablamos casi toda la noche. No lo he vuelto a ver. Sé que regresó a su provincia, al igual que yo, cargada de esa nostalgías, que aún hoy poseo.
Por eso digo que son unas cabronas. Porque afloran un día como hoy, cuando estoy lejos de mi amor y la familia. Cuando me preparo para enfretar un nuevo reto profesional y cierro mis días de periodista en la revista Bohemia, cuando tengo la certeza absoluta de que siempre voy a estar aquí y que me apunté en la lista de los que vamos a encender y apagar el faro del Morro.

Katia Monteagudo

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