La poesía de la danza

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No se puede hablar del Ballet Nacional de Cuba, sin mencionar a Fernando Alonso. Alquimista de un estilo danzario que ha colocado a la escuela cubana entre las mejores del mundo, Fernando ha guiado a generaciones de grandes figuras del ballet cubano.

Fernando Alonso, de pequeño, soñaba con ser bombero. “Con mi casco rojo, un arco y una flecha mi hermano y yo cazábamos ratones por el barrio y hacíamos un montón de travesuras”, rememora una fría mañana de noviembre, sentado en un butacón de la Escuela Nacional de Ballet, donde aún con sus 94 años conduce la formación de jóvenes bailarines.

“He vivido tanto que no me acuerdo de todo”, dice pícaro, y comienza a mencionar el nombre de cada uno de los muchachos con quienes jugaba, a inicios de los años 20, por toda la calle de Calzada y E, donde hoy está la sede del Ballet Nacional de Cuba.

Poco a poco “El Profe”, como suelen decirle alumnos y maestros, descorre las cortinas de su vida, y retorna a los días cuando era un adolescente, amante de la natación y de la gimnasia, en los tiempos convulsos de La Habana, a principios del siglo XX.

“Junto a mis compañeros de la secundaria participaba en las manifestaciones contra el gobierno de Gerardo Machado. Mis padres, por temor a la represión, me enviaron a terminar el bachillerato en los Estados Unidos. Luego comencé los estudios de Contabilidad y Ciencias Comerciales”, cuenta, y pide un vaso de agua.

-¿Cuál es el origen de su segundo apellido?

-El Rayneri es por mi abuelo italiano. Fue arquitecto, ingeniero y  Profesor Catedrático de la Universidad de La Habana en Dibujo.  También bombero voluntario. Por eso yo quería serlo igual a él”, explica, mientras toma un sorbo de agua.

-Su llegada al ballet se produce de manera singular.

-De vacaciones en Cuba, vi bailar Coppelia a mi hermano Alberto, más joven que yo, con Alicia. Lucía tan elegante, que decidí ejercitar la musculatura. Además, bailar con muchachas tan delicadas me pareció muy buena idea.

-¿Y abandonó sus estudios de Contabilidad?

-No en ese momento, pero comencé a tomar clases de ballet en la Sociedad de Pro-Arte Musical en La Habana.

-¿Qué opinó su familia?

-Todos estuvieron de acuerdo. Ya mi hermano bailaba profesionalmente. En mi casa había una rica vida cultural. Mi madre era pianista concertista y dirigió por algunos años la Sociedad de Pro-Arte Musical.

-¿Cómo sobrellevó los prejuicios sociales existentes hacia los hombres que estudiaban esta manisfestación?

-Bueno, hasta tuve mis peleas. En aquella época había una animosidad hacia los bailarines. Una vez fui al cine y antes de comenzar la película, proyectaron un material sobre la Sociedad de Pro-Arte, en el que yo salía bailando. De pronto, un tipo que estaba sentado con una noviecita detrás, me dijo en tono despectivo: “Ay, tú…”.

“Cuando lo oí, me paré como un resorte, lo agarré por el cuello y lo saqué para afuera. En el lobby nos enredamos a golpes. Los acomodadores tuvieron que separarnos. Y después, volví tranquilamente al cine  para ver la película.”

-¿Era un joven agresivo?

-No, para nada. Solo que sabía bien cómo defenderme.

Observo su vestimenta impecable: elegante y sencilla a la vez. No usa joyas y emana un suave olor a colonia.

-¿Cuáles son sus lecturas preferidas?

-Leo todo tipo de literatura: histórica, científica, aunque siempre he sentido un atractivo especial por los libros que se refieren a la evolución del hombre.

La música forma parte de su naturaleza. Sus pies y sus manos marcan aún las posiciones exactas en el momento preciso para ejecutar un paso.“Adoro la música clásica. Mis preferidos son Beethoven, Bach y Brahms: las tres B. Aunque también escucho a Chopin y Franz Liszt. A veces me acuesto con una melodía en la cabeza y cuando amanece aún está ahí”.

-¿Cuándo recibió sus primeros aplausos?

-En un ballet de Cuca Martínez, hermana de Alicia. Ahí hacía de esclavo. Recuerdo que el vestuario era con unos pantaloncitos y debíamos romper unas cadenas. Eso fue en los primeros años de la década del 30. Antes de comenzar la función, estaba tan nervioso que, sentado en el piso sin zapatillas, el dedo gordo del pie se movía solo.

“Después seguí tomando clases en Pro-Arte Musical y en 1936 me estrené como solista junto a Alicia, con el ballet Claro de Luna. La coreografía la montó el maestro Nicolai Yavorsky. Yo era alto y lucía mejor en los ballets clásicos. Luego me di cuenta de que en Pro-Arte no podía continuar si quería hacer una carrera como profesional y decidí regresar a los Estados Unidos”.

-¿Cómo un desconocido logra insertarse en ese mundo tan complejo?

-Para mantenerme en Nueva York tuve que trabajar como taquígrafo-mecanógrafo en inglés. Me contrató un inventor de aparatos de Rayos X, y de eso yo no sabía ni rayos. Pasé cada apuro. De ahí, salía a tomar clases con la compañía de Ballet Mordkin. Junto a esta realicé mi primera gira y con el dinero que ahorré traje a Alicia para los Estados Unidos. Después nos casamos.

-¿Cuándo comenzó su vida como maestro?

-Cuando trabajaba en las comedias musicales, entre un ensayo y otro los bailarines me pedían que les montara unos ejercicios. Les gustaban mis combinaciones. Así fue como empecé. No era una clase como tal, sino simples variaciones. En 1949, después de creada la compañía de ballet Alicia Alonso, es que comiencé a impartir clases aplicando una metodología.

Su trabajo fue intenso y avizorador. Sabía que Cuba necesitaba un método para formar a sus profesionales y se dio a la tarea de crear la Metodología de la Escuela Cubana de Ballet: “Esta es una fusión de la forma cubana de bailar. En la que se conjugan nuestra sensualidad, la fuerza interpretativa del bailarín y la mezcla cultural con que nos formamos como pueblo. Con los conocimientos sobre este arte que adquirí, en la compañía del Ballet Theatre, actual American Ballet Theatre.

“Ahí trabajé con maestros, coreógrafos y bailarines que provenían de las escuelas rusa, inglesa, italiana y francesa, quienes tuvieron mucha influencia en mi formación. De ellos tomé lo mejor.

“Estudié con profundidad el movimiento del cuerpo, así como una serie de leyes físicas que influyen en este aspecto. Leí sobre Psicología, Anatomía, Kinesiología y Fisiología. Me apoyé en todo lo aprendido en el bachillerato, donde practiqué gimnástica y  natación. Mi idea era crear un David para los hombres y una musa para  las mujeres.”

Uno de sus anhelos fue crear una compañía de ballet en Cuba y en el año 1948 lo hace realidad. El 28 de octubre Alicia, Alberto y él fundaron el Ballet Alicia Alonso. Una tarea quijotesca por el período histórico y sin la ayuda financiera indispensable.

“Yo iba de casa en casa para buscar apoyo de las señoras ricas de Pro-Arte Musical. Vendía las entradas a domicilio. Hasta a Cantinflas le quité dinero para la compañía. Además de bailar, era el Director General y el Administrador. Me ocupaba de la organización, impartir clases y buscar el dinero, porque una institución de ballet es un monumento de costo. Mi hermano tenía mucho trabajo como coreógrafo y Alicia debía dedicarse al estudio de su baile”.

Suena el teléfono de la oficina e interrumpe la conversación. “Buenas”, responde en broma sin contestar llamada alguna.  Sonríe y se detiene a mirar un afiche colgado en la pared de Carlos Acosta, con más de tres metros de alto. Repasa la imagen del laureadísimo bailarín cubano, hoy primera figura del Royal Ballet de Londres. Imagino cierta nostalgia.

-¿Es cierto que le gusta la espeleología?

-Sí, eso fue por mi amigo Antonio Núñez Jiménez. Yo le tenía mucho aprecio. Él me inició en la búsqueda de fósiles y en todo ese mundo. La primera vez que salimos de expedición me invitó a la Sierra de Anafe. Fue una experiencia maravillosa. Me interesó tanto el tema que llegué a tener una colección de Amonitas, la tengo prestada a la Universidad de La Habana.

-¿Y cómo llega entonces al Ballet de Camagüey?

-En carro. No, es una broma. En 1975 me había divorciado de Alicia, y dirigía la Escuela de Ballet. Ya no trabajaba en la compañía. En ese año me propusieron asumir la dirección del Ballet de Camagüey, que se había quedado sin director. Cuando llegué, me enfrenté a un cuerpo de bailarines que no tenía ni sede.

– Una vez más lo ponen a prueba…

-Lo primero que hice fue pedirle a la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) de la provincia un local para guardar las cosas que conseguía. Me cedieron un cuarto y poco a poco me fui apoderando del edificio. “Al final logré construir dos salones, que hoy son los más grandes de Cuba. También hice los baños, un espacio de recreo, un taller para confeccionar zapatillas, otro para el vestuario y un tercero de maquillaje.

“Fue una época linda, pero muy difícil. Muchas personas no estuvieron de acuerdo con mi insistencia en desarrollar una técnica académica. El estilo de la compañía era más contemporáneo que clásico. Los bailarines no estaban acostumbrados a mi ritmo de trabajo y el público de la provincia no comprendía ese tipo de presentaciones. Sin embargo, con el tiempo el Ballet de Camagüey se convirtió en el protagonista cultural de la provincia”.

Su amor por esta manifestación artística es inconmensurable: “El ballet, para mí, es la poesía de la danza.

-¿Quién fue su primer amor?

-Carmen. Murió muy joven.

-¿Y el último?

-Yolanda. Mi actual esposa.

Fernando Alonso hace un alto en el diálogo, y bebe agua. Aprovecho y miro sus ojos azules infinitos. Su mirada taladra. Posee la prestancia de un lord inglés, y lo imagino de joven: perfecto como la estatua del David.

-¿Le queda algún sueño por realizar?

-Me gustaría ver a mis nietas y bisnietas desarrollarse. Por otro lado, quisiera que no se perdiera la cubanía en los bailarines. Tampoco la belleza y sensualidad en la mujer, y la virilidad en los hombres. Esa combinación en el escenario distingue a la Escuela Cubana de Ballet.

El maestro ha recibido relevantes premios. Entre ellos el Benois de la Danza, conocido como el Óscar de esta manifestación, otorgado en mayo de 2008 en el Teatro Bolshoi de Moscú. Pero aún espera algo más…

“Que Cuba se convierta en la Escuela Latinoamericana de Ballet. En el año 1953, Nicolás Guillén expuso en Chile una ponencia con esta idea. En esos años no imaginamos que nuestra escuela fuera ser hoy una de las cinco mejores del mundo.

“Mi sueño es que todos los países de la América Latina vengan a  aprender la técnica del ballet como se enseña aquí. Convertir a Cuba en el José Antonio de Sucre de la danza”.

Lauren Cleto Herrera

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