La ciudad de las columnas

Pero Cuba, por suerte, fue mestiza como México o el Alto Perú. Y como todo mestizaje, por proceso de simbiosis, de adición, de mezcla, engendra un barroquismo, el barroquismo cubano consistió en acumular, coleccionar, multiplicar, columnas y columnatas en tal demasía de dóricos y de corintios, de jónicos y de compuestos, que acabó el transeúnte por olvidar que vivía entre columnas que era vigilado por columnas que le medían el tranco y lo protegían del sol y de la lluvia, y hasta que era velado por columnas en las noche de sus sueños. La multiplicación de las columnas fue la resultante de un espíritu barroco que no se manifestó salvo excepciones en el atirabuzonamiento de pilastras salomónicas vestidas de enredaderas doradas, sombreadoras de sacras hornacinas. Espíritu barroco, legítimamente antillano, mestizo de cuanto se transculturizó en estas islas del Mediterráneo americano, que se tradujo en un irreverente y descompasado rejuego de entablamentos clásicos, para crear ciudades aparentemente ordenados y serenas donde los vientos de ciclones estaban siempre al acecho del mucho orden para desordenar el orden apenas los veranos, pasados a octubres, empezaran a bajar sus nubes sobre las azoteas y tejados.

Texto: Alejo Carpentier (Fragmento de La ciudad de las columnas)

Fotos: Alexis Rodríguez Diezcabezas

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