Gibara, a la sombra del higuillo

POR ESTAS COSTAS  SE DICE QUE LLEGÓ CRISTÓBAL COLÓN A ESTA ISLA HACE MÁS DE MEDIO MILENIO. CON EL TRANSCURSO DEL TIEMPO, ALREDEDOR DE LA BAHÍA DE GIBARA, PROSPERÓ UNA PEQUEÑA VILLA QUE CUSTODIA LEYENDAS Y TRADICIONES ÚNICAS. EN CADA MES DE ABRIL CINEASTAS DE TODAS PARTES DEL MUNDO LLEGAN HASTA ESTAS COSTAS PARA PARTICIPAR EN EL FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE POBRE HUMBERTO SOLÁS

Con unos 630 kilómetros cuadrados, Gibara limita por el norte con el océano Atlántico, al sur con Holguín, al este con el municipio Rafael Freyre y al oeste con el de Calixto García y la provincia de Las Tunas. Foto de MARTHA VECINO)

Reinaldo Velázquez Calderón observa la bahía de Gibara y aspira el aire salitroso. “Nuestra vida es ese mar”, dice, y de inmediato fija la vista en la masa de agua, y deja que sus pensamientos se deslicen sobre la espuma blanca de las olas que lamen, una y otra vez, la playa de la ensenada.

El paisaje marino lo incita a hablar de su terruño. Casi en un susurro cuenta que por allí llegó el almirante Cristóbal Colón y sus tres naves exploradoras, el 28 de octubre de 1492. “Aquí todo el mundo lo cree”, enfatiza como si alguien dudara de la historia. “Gibara está llena de leyendas”, habla en tono misterioso y a su mente acuden las historias que rondan por todo el pueblo y se aprendió desde que tiene memoria.

Reinaldo tiene 62 años y sabe que a su pueblo lo conocen por toda Cuba, y más allá de sus fronteras, como la Villa Blanca de los Cangrejos. “Eso es una tradición. Dicen que es por la espuma del mar, también por la claridad de la luz, sobre todo en verano, la época más alegre del año”, comenta, y seca las gotas de sudor que corren por su rostro.

“Aquí la gente es muy familiar. Nuestra comida preferida son los mariscos. Eso no es un lujo”, dice, y de una ojeada recorre la ciudad, por donde abundan tarimitas con cócteles de camarones y ostiones por módicos precios. “También comemos mucha jaiba, cangrejo y cojinúa”.

El sol ilumina el malecón que limita la playa de varias casas. Aún están las huellas de las penetraciones del mar, luego del paso del  huracán Ike, en septiembre de 2008. Reinaldo siente calor y se acomoda bajo un higuillo.

“A quien le dé la sombra de este árbol no se va de Gibara”, cuenta, y comienza a hilvanar los ensueños de su antigua comarca de pescadores, hoy Monumento Nacional, ubicada en la costa norte oriental, a unos 30 kilómetros de la ciudad de Holguín, atrapada entre un manso mar y montañas altivas.

Aunque el huracán Ike, el pasado septiembre de 2008, se empeñó en cambiar la geografía local, los gibareños y muchas manos amigas le han ido devolviendo el encanto natural al poblado. Foto de MARTHA VECINO

Tierra de los indomables

Dicen que Gibara le debe su nombre al árbol de la Guibara, con una singular madera para hacer carbón. También hay quien afirma que es una mezcla de los vocablos aborígenes Jibá, arbusto abundante en las tierras anegadizas de la zona, y Jíbaro, que significa rústico, indomable.

Aunque la palabra como tal encierra muchos significados, no hay dudas de que la localidad posee una atracción muy especial. Colón fue uno de los primeros en sucumbir ante sus encantos naturales. Durante 12 días allí encontró refugio. Surcó la bahía y remontó el río en busca de deidades aborígenes. Durante el trayecto bautizó la conocida Silla de Gibara, por su parecido a la pieza de montar caballos, y la Loma de la Mezquita, por su semejanza con la Peña de los Enamorados, de Andalucía.

Pero la comunidad conocida hasta hoy, no surgió hasta el 16 de enero de 1817. Ese día fue colocada la primera piedra del Casquillete de San Fernando, y pasó a la historia como la fecha de fundación del asentamiento, favorecido por el comercio marítimo de la época.

La comarca había comenzado a poblarse, sobre todo con inmigrantes canarios, llegados hasta allí por el puerto, considerado el acceso más importante de la costa norte oriental durante el siglo XIX y principios del XX. Holguineros y bayameses también se trasladaron hacia aquellas costas, tras su boom comercial. No pocos acumularon jugosas fortunas y su bonanza les permitió construir, con las mejores artes, edificios públicos y particulares.

El poblado resultó con el tiempo un cuadro casi perfecto, con tres plazas enlazadas por un eje principal, calles rectas y simétricas. En un pequeño espacio se erigieron majestuosos inmuebles. Entre sus edificaciones más notables, ejemplos del estilo neoclásico en Cuba, están la Iglesia parroquial, la sede del Gobierno, el antiguo Casino Español, el Teatro Colonial, entre otros.

Gibara fue creciendo y se convirtió en la segunda ciudad amurallada de la Isla. Todavía hoy sobreviven partes del muro, los fortines, y las ruinas del Cuartelón, exponentes del sistema defensivo colonial. También están en pie las piedras de la Batería de Fernando VII, fortificación de inicios del siglo XIX, destinada a custodiar la exportación de azúcar y controlar el comercio de contrabando.

Un ritual aborigen da la bienvenida a los participantes al Festival de Cine Pobre, fundado en esa ciudad en el año 2003 por el cineasta cubano, ya fallecido, Humberto Solás. Foto de MARTHA VECINO

Río arriba, muy próximo a la bahía, aún se observan restos del asentamiento aborigen El Catuco, uno de los sitios arqueológicos más importantes del país y donde se encontró un ídolo de coral, considerada la mayor escultura ritual con ese material hallada en Cuba.

Amores difíciles

Reinaldo siente la garganta reseca. “Estoy hablando mucho”, dice, como si pidiera disculpas por el tiempo que lleva rememorando los viejos mitos de la Villa Blanca. “Estas historias alimentan nuestro espíritu”, afirma, y vuelve a acomodarse a la sombra del higuillo.

Dice que si se aguza el oído, aún se pueden escuchar los pasos de la afamada bailarina Isadora Duncan en el escenario del Gran Teatro de Gibara. Cuenta que allí bailó sorpresivamente, luego de recalar en una goleta averiada en el puerto. También afirma que en ese mismo escenario resuenan los ecos de otros grandes: el violinista Brindis de Salas, el compositor Ignacio Cervantes y del pianista y cantante Bola de Nieve.

Igual oye los chismes sobre el hombre que construyó un palacete para hacer interminables orgías, y los lamentos de infortunados amores, como el de aquel joven que quiso inmortalizar a su amada muerta, con un cuadro hecho con los cabellos de su novia fallecida. La pieza se puede ver en el museo de Artes Decorativas de la ciudad.

El salitre se empeña en devorar las piedras de las fortificaciones coloniales que aún sobreviven en el lugar. Foto de RAFAEL TORRES ESCOBAR

También ve la mano que cada día coloca un ramo de flores frescas sobre una de las tumbas del cementerio. Para Reinaldo, esta historia resulta una de las páginas de amor más gloriosas de la localidad. “Dicen que van a hacerle una película, como aquí se hace un festival de cine todos los años…”, comenta, y entrecierra los ojos para disfrutar la triste fábula de los Romeo y Julieta gibareños.

Según Reinaldo, hace mucho tiempo llegó a Gibara un marinero español, que de inmediato se enamoró de una bella pobladora. Él juró pronto regreso, pero la larga espera enfermó de muerte a la joven, quien contuvo su último aliento hasta que el viajero regresara a buscarla.

Cuentan que en su lecho de agonía, le comunicaron que un bergantín español había entrado a puerto y que un marinero requería de su presencia. A ella le quedaba un hilo de vida, pero esperó hasta el segundo final.

“Murió en los brazos de aquel desesperado”, rememora con tristeza. En el rostro de Reinaldo se asoma otra vez la tristeza de aquel hombre. Queda en silencio para mirar una vez más a su amada bahía. La secuestra por varios minutos en sus ojos, aspira el aire salitroso y se aleja poco a poco del mar, que lame una y otra vez, la playa de la ensenada.

Katia Monteagudo

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