De Manzanita a la Marina

Cárdenas es una ciudad lo suficientemente grande como para que no pase nada y un pueblo bien pequeño como para que suceda algo. No se define. No cabe en ninguna clasificación. No es cosmopolita ni desconocida. Al norte de Cuba, recostada al mar, ve pasar los años y la angustia, entre sus calles sucias y su aire de salitre. Parece un lugar de tránsito, donde nadie quiere quedarse. El que asume el deber y la habita, lleva en el rostro destellos ambiguos, de insatisfacción y conformidad.

Cárdenas sufre la cercanía de Varadero, la belleza de la playa vecina, su fábrica de ron que ensucia la costa olvidada. Ya no viven pescadores en la costa cardenense. El Estado les creó un barrio al otro extremo del municipio. Los fuertes ciclones del Caribe han derrumbado las casuchas del litoral y los pocos techos que subsisten sirven de escondite para borrachos y viejos desarropados, que añoran los días de un mar limpio, sin petróleo, sin el mosto del alcohol, sin los desechos de la Arrechavala: parásito ambiental y asidero económico.

Las calles son espejos pulidos por los cascos de los caballos. Cualquier viento levanta cierto polvillo con olor extraño; se esparce el excremento de las bestias junto al crujido de los coches, la voz casi siempre ronca de los aurigas, el golpe seco del látigo sobre el lomo de bayos, pintos y moros.

Las bicicletas inundan el trasiego de las vías. Por la entrada del sur, cerca de una de las tres fortificaciones coloniales que existen en el territorio, se impone una bicicleta de hormigón a poco más de dos metros de altura, como señal de lo que encontrará el visitante en el poblado. Las costumbres son importantes. La meta del parque Colón es seguramente el lugar donde más personas se reúnen para recibir cada febrero a la caravana de ciclistas de la Vuelta a Cuba.

Allí, cerca de la estatua de bronce del descubridor de América (según la historiografía del mundo occidental), en el pobre y viejo hotel La Dominica, izó Narciso López por vez primera la bandera cubana. Allí, frente al edifico de correos, el ciclón del 33 depositó una boya de altamar después de arrastrarla varios kilómetros. Allí, con la Iglesia católica a la espalda y un reloj redondo que ya no quiere dar la hora, los turistas acuden a fotografiarse, a sonreír, a abrazarse, para trepar luego a los coches coloniales, mientras señalan éste o aquel sitio, una mulata o una fachada singular.

Muchos saben que el municipio se fundó en 1828 y que es la ciudad de Elián González; pocos conocen que tuvo ferrocarril en 1841, y que a principios de 1888, adelantándose varias semanas a La Habana, Cárdenas fue el primer rincón de la Isla en alumbrarse con electricidad; algunos, a su vez, llegan a conocer el orgullo del pueblo: el Oscar María de Rojas. Así le llaman. El segundo museo público del país, detrás del Bacardí santiaguero.

Museo Oscar María de Rojas

El 19 de marzo de 1900 vio la luz bajo el nombre de Museo Biblioteca Pública Municipal. Francisco Blanes, destacado coleccionista, donó su serie de moluscos y caracoles, representativa de todos los océanos, desde el Atlántico hasta el Índico.

Por su parte, un emisario logró que los tabaqueros de Cayo Hueso firmaran a favor de que la Tribuna del Club San Carlos, construida especialmente para Martí, formara parte de las piezas del museo. Alrededor de otros 36 objetos del Apóstol se encuentran en sus salones, así como la habitación donde Gómez murió y distintas armas de varios líderes del Ejército Libertador.

También hay monedas de fenicios, pulgas, mariposas, carruajes, leonas, hay polvo y tedio, hay soledad, hay luz y sombra, fuentes y estatuas, columnas y cañones, hay una mezcla de movimiento y eternidad que logra invadir a todo el pueblo, lo que hace pensar que Cárdenas es un museo y que todos posamos para alguien. Existe un lazo estrecho entre el señor que mira el estrado de Martí y vira la espalda, y el europeo que encierra en un álbum al bicicletero de paso, con el fondo distorsionado, para enseñarle a su nieto la prisa con que se vive en extraños países.

Cada terruño guarda sus matices para sí. Cárdenas muestra en sus esencias el profundo precio de la colonización, del subdesarrollo, de prácticas sui géneris que el de afuera no entiende, y que ni el profundo proceso humanista de más de medio siglo ha podido extirpar. No debiera ser así, pero tampoco de otro modo.

Gilbert el ciego fue fusilado en 1997. Asesinó a su mujer y a su suegra. Dicen que cuando lo condenaron una multitud lo aclamaba fuera del tribunal. Dicen que las prisiones de Matanzas guardaron un minuto de silencio el día de su muerte. También dicen que es el único guapo que Cárdenas ha tenido, que era buen padre, buen hijo, y que no permitía abusos.

Un delincuente que con los años ha visto sus errores atenuados. El imaginario de barrios como Fundición y la Marina lo ha salvado. Barrios con fosas, con pestes, con moscas y sin ídolos.

Sería reconfortante conocer la razón por la que Gilbert prendió en la memoria de la ciudad natal de José Antonio Echeverría, en la ciudad de la bandera, en la ciudad de los hombres en coches y bicicletas. Quizás haya sido necesario para mantener al municipio en esas medias tintas, entre lo marginal y lo magnánimo, entre lo deplorable y lo ilustre, entre los asesinos y los héroes.

Cárdenas es así, un pueblo que no es pueblo, una ciudad que no es ciudad, con crónicas que no son crónicas, con sentimientos que no son sentimientos, con homenajes que no son homenajes, y en medio de esa ambivalencia sus hijos sobreviven, amando y odiando su eclecticismo provinciano, reacios a cualquier crítica ajena. A otro mar. A otro destino, tan insospechado que no diga nada, tan predecible que lo diga todo.

Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

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Comments
One Response to “De Manzanita a la Marina”
  1. Es como transportarte en un viaje a otra época lo de Cárdenas. . Muy buena la descripción,hace volar la imaginación. Saludos.

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