Jugar en 630 partidos de béisbol sin dar un batazo

En su palmarés sobresale la participación ininterrumpida en 630 juegos oficiales desde el 2001, con una particularidad: todos en el estadio Latinoamericano. Su presencia se impone en el terreno. Siempre está atento al juego. Se posiciona para atrapar todas las pelotas posibles. El error no está en su mente. Moldea  a su gusto la gorra  azul del equipo Cuba  que lleva puesta. Fildea con elegancia un gran número de rolling y recibe en múltiples ocasiones la ovación del público.

“Sólo con sacrificio y responsabilidad se alcanza algo así”, dice Camilo Rodríguez Diederik. Demuestra que no es imprescindible ser pelotero para lograr esta hazaña; le ha bastado con ser el recogedor de pelotas del estadio insignia de Cuba.

Anda apurado, el juego arranca en una hora. Se siente nervioso ante esta nueva experiencia, pero con el transcurso de la conversación se relaja.

Este hombre sencillo nunca pensó ser entrevistado. “Mi vida no es para la prensa”, expresa.

Camilo trabaja sin descanso los 365 días del año: “Me levanto a las 6:30 a.m.  para llegar a las 7:00 de la mañana. Regreso a las cinco de la tarde a la casa y a las seis vuelvo al Latino para los preparativos del juego de por la noche.” Solo descansa un poco los domingos, porque los encuentros son por la tarde y terminan más temprano.

La Serie Nacional de béisbol se efectúa ininterrumpidamente de martes a domingo durante seis meses. Ese calendario afecta en gran medida su vida personal “No estoy casado, ni tengo hijos, pero no  puedo prestar a mi familia  la atención necesaria que se merece”.

Su labor no termina al acabarse la campaña beisbolera. Le da mantenimiento todos los días al terreno. Debe estar en buen estado para la próxima serie. Su actitud demuestra que toda obra humana se compone de pequeños detalles.

Camilo sabe la importancia de sus actividades: “Ayudo a conservar el campo de pelota y a garantizar el espectáculo que el público merece, los espectadores son los que deben referirse a mi labor, no yo”.

“El Latinoamericano significa mucho. Ese diamante es donde todo cubano quisiera entrar, pisar el césped. Es un lugar emblemático donde se han celebrado muchos eventos internacionales como copas mundiales y panamericanos. Brinda un bello espectáculo al pueblo.”

“La primera vez que fui a trabajar me sentí nervioso, entré por la puerta de tercera base  y  me encontré con el pelotero Enriquito Díaz. Llegué al terreno y parecía un niño, no sabía qué hacer. Estaba en otro mundo. Me sentía muy feliz. El Latino pasó a ser mi segundo hogar desde hace siete años.”

De pequeño se escapaba de la casa o iba con su papá para presenciar los partidos. Acostumbraba a ver los juegos desde las gradas, hasta que fue a Angola, con 18 años. Su experiencia como soldado duró dos años: “Estuve allí desde diciembre de 1983 hasta finales de 1985”.

Al concluir la guerra, de regreso en Cuba, buscó un trabajo acorde a su juventud y a sus afinidades deportivas.  Luego llegó al Latinoamericano y conoció a  Juan Fernández, quien tenía 32 años de experiencia como recogedor de pelotas: “Él se retiraba y yo ocupaba su lugar”. Le mirada se apaga por un instante. El silencio se apodera de la habitación mientras recuerda al amigo.

Es un atleta frustrado porque desde pequeño padeció graves problemas de salud. Debido a esto, su madre no lo dejó entrenar.  Practicar béisbol fue siempre su mayor anhelo: “Si volviera a nacer quisiera ser deportista”.

El llamado Coloso del Cerro le dio la oportunidad de conocer a figuras cimeras como Iván Correa, Antonio Scull, Enriquito Díaz y, especialmente a Rey Vicente Anglada, su jugador preferido.

Reía mientras contaba las anécdotas. La picardía cubana se observaba en sus palabras: “Una vez la dirección de Industriales me decía que le hiciera una seña a Germán Mesa, el  mejor short stop de Cuba, porque estaba haciendo algo mal al batear. Yo no la hacía y empezaban a protestar. Imagínate, si lo hago y el umpire  lo ve, me puede expulsar”.

El trabajo de un recogedor de pelotas es duro. Dice que en una ocasión Enriquito Díaz, segunda base de los Metros,  comenzó  a batear muchos foul. Camilo corría detrás de las pelotas y ya estaba cansado. Exhausto, se paró  y le dijo: “Oye, el terreno queda hacia adelante no atrás”. Ambos se miraron y se rieron.

“Otra vez, un árbitro  me dijo que no estaba repartiendo bien las pelotas. Pensó que le daba las más blancas a Industriales y las otras no. A los peloteros les gustan más las bolas claras debido a que le pueden conectar mejor al batear”.

Se ve el brillo en los ojos cuando cuenta las historias vividas en estos siete años en el Latino. Mantiene muy buenas relaciones con los jugadores, especialmente con los de la capital. Los admira y respeta. Metropolitanos es su equipo preferido. Le molestan los traspasos de atletas de los Metros hacia Industriales, pero continúa fiel a la trayectoria de sus jugadores predilectos: “los  disfruto, pero ahora vestidos de azul”. Cuando ellos no clasifican para los play off, Camilo se convierte en un fiel industrialista.

– Usted es industrialista, cuando no clasifica Metros ¿cómo desempeña su trabajo en un play off entre santiagueros y capitalinos?

Ante todo, debo ser profesional. Imparcial en todas las circunstancias, aunque estén jugando las selecciones que más me agradan. Realizo mi trabajo igual. Quiero que gane Industriales y en ocasiones desde el juego los aliento.

La cortesía siempre está presente a la hora de dirigirse a atletas y árbitros. “Somos una gran familia. Lo que ellos digan lo acepto”.

-¿Alguna vez ha sido reconocido su trabajo?

Mi esfuerzo no lo valora el público ni los dirigentes . No hay un estímulo material ni moral. Sé que es mi deber, pero ni siquiera un simple certificado.

Ha trabajado con huesos fracturados.  La remodelación del Latino es un ejemplo de lo poco considerado que se ha sido en ocasiones con su esfuerzo. Este proyecto duró tres meses y entre las diversas tareas que le encargaron se encontraba la siembra del césped. Al acabar las labores la brigada no fue reconocida: “Le fue entregado un diploma a nuestro jefe. Pensaba que iban a reconocer  las horas de sacrificios . No fue así”.

Ha cargado junto a sus compañeros los utensilios para la preparación del equipo Cuba, la jaula de bateo y de pitcheo: “Estos andamios pesan una barbaridad .No hacemos esa fuerza gracias a un compañero que construyó unos carritos para llevar  las cosas más grandes. No tenemos las condiciones necesarias un desempeño mejor. Esto ocurre a nivel nacional en todos los parques de pelota”.

La arena de la media Luna, del montículo y de todas las áreas en carmelitas del terreno se trae de Matanzas. Camilo y sus compañeros la extraen con palas.  Sudan su sacrificio sin los medios necesarios: “Es el día entero .No hay una excavadora  que  adelante. Después la traemos para distribuirla en el estadio. Esto pasa siempre”.

Sus recuerdos más gratos se remontan a los juegos de las estrellas: “Estuve en Holguín, Las Tunas y Villa Clara.  Primero preparo el terreno y después disfruto del encuentro desde las gradas”.

En los entrenamientos de la preselección cubana de béisbol ocurrió algo especial en la vida de Camilo: “Raúl Castro  llegó para hablar con los deportistas y luego se retrató con varios compañeros, yo estaba presente. Tiempo después me mandó la foto. Es el mayor reconocimiento de mi vida”, decía mientras  mostraba la imagen con orgullo.

El presidente de la República, con ese gesto, premiaba una dedicación que quizás sus superiores no han sabido valorar del todo.

¿Pensó en algún momento abandonar su trabajo?

Lo he pensado. Muchas veces cuento hasta diez, pero sigo en mi puesto.

Camilo aún no se ha propuesto el retiro, aunque cuando llegue el momento quisiera  dejar un sucesor responsable: “El trabajo lo necesita.” Un recogedor de pelotas debe ser sacrificado, respetuoso con umpires y atletas. Estar dotado de un  sentido de posesión para cuidar las pelotas y recuperar el mayor número posible.

-¿Tiene algún relevo en específico?

Por ahora, yo seguiré trabajando mientas la salud me lo permita.

Un apretón de manos sellaba una hora de conversación. Una mirada lo tensionaba más que los 50 mil aficionados que repletaban el estadio. Era tarde y el partido estaba a punto de arrancar. Luego, yo entraba al Latino  al compás de batazos. Me senté a disfrutar del “choque” y vi a Camilo, vestido con un mono deportivo azul.  Más tarde finalizaba el choque. Entonces,  mientras todos salían me quedé, observando lo que nadie se percataba: habían terminado nueve innings, pero comenzaba otro partido a favor de las labores del terreno. Este encuentro monótono lo decidía un héroe anónimo.

Emilio L. Herrera Villa

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Comments
One Response to “Jugar en 630 partidos de béisbol sin dar un batazo”
  1. Que bueno encontrar este tipo de historias para valorar a veces el trabajo de todos y no solamente lo que sobresale sino lo que hay detras de eso que sobresale y justamente son las personas que hacen que las cosas brillen.

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