Sueño, luego existo

“Lo importante es soñar”, me insiste con frecuencia en sus mails un amigo muy querido. Y a mí, que siempre me ha gustado vivir en la estratosfera, en honor a mi  signo zodiacal Libra,  esta idea me ha resultado más que salvadora para cumplir con el obligado reposo post-operatorio, en el que estoy sumida hace casi dos meses, en apenas 52 metros cuadrados, el tamaño exacto de mi apartamento en los Bloques de Santa Catalina  y Vento.

Mi hijo tiende a regañarme, o más bien a ponerse celoso, cuando me ve escuchando una canción muy especial, regalada por ese buen amigo para esos momentos, y así atenuar mis impulsos de bajar corriendo las escaleras y chancletear esta ciudad, lo mismo a pie, que en sus ómnibus articulados, los temidos camellos habaneros, atestados de gentes hasta el techo a cualquier hora del día.

La voz de Marisa Monte y su Beija eu hace que yo sueñe y me aferre al deseo de ver, cualquier día de estos, una tarde o un amanecer en el malecón de esta urbe amada, mientras una mano se abraza a mi cintura. Sueño, mientras escucho absorta la cadenciosa voz de la brasileña. Beija eu me enamora, me invita,  me seduce y me entrega a los sueños infinitos, y lo digo sin pudor, porque, al igual que mi hijo que se resiste a estos instantes (al cual perdono por su amor inconmensurable),  muchos en esta tierra han dejado de soñar, calados o derrotados quizás por las carencias cotidianas, la lucha para equilibrar el bolsillo o la ansiedad por ver un país nuevo y mejor.

No pocos amigos, colegas, familiares, vecinos y hasta algún que otro desconocido, con quien he compartido una cola o el asiento en una guagua, me han mirado como bicho raro, cuando les he confesado que aún creo en los sueños, en mil utopías -incluido el amor eterno por un hombre-, aunque me presionen por igual las mismas urgencias o más de una vez  he sentido la decepción de quien creí que me amaría por siempre.

Foto: Kaloian

Sí, quiero soñar, y me aferro a las ilusiones, a la esperanza, al porvenir, a la nueva era que aún está pariendo un corazón, como me sugiere mi amigo, que tampoco gusta de los encasillamientos,  y yo le cuento que me tengo que apurar en acumular sueños, porque por estadísticas solo me quedan un par de meses (en octubre cumplo 45 años) para ser otra mujer invisible de mi país.

Integraré las filas del conglomerado femenino (hasta los 59 años), definido por los psicólogos y sociólogos, como mujeres que cargan mansamente sobre sus hombros toda una montaña de trabajos domésticos y laborales, pero sus proezas quedan casi siempre en el anonimato, al igual que sus responsabilidades profesionales y sociales.

Para ellas constituye una prioridad el cuidado de la familia, que hoy pesa en este país -reconocido oficialmente- sobre las espaldas de esas damas de más de cuatro décadas. Superféminas -sin vista láser, fuerza sobrehumana o capas voladoras-, con su imagen de liberación, de importantes conquistas, asentada sobre un sentimiento de sobre exigencia, carga y riesgo psicológico, como expresión de la mujer sincrética actual, asegura un estudio de la Universidad de La Habana (UH)

Cubanas de mediana edad que tienden a sobrecargarse por decisión propia, dicen los analistas en estos asuntos. “Estas reciben una influencia cultural que las lleva a sentirse responsables de todo. No te gusta, te frustra, te desgasta, pero sientes la obligación de que eso te pertenece”, explica el referido estudio de la UH.

Hacemos de nuestra casa un feudo, parafraseando el decir de una experta en estos temas, la doctora Patricia Arés, jefa del grupo de familia de la Facultad de Psicología de la UH, a la vez que es mayor nuestra experiencia profesional.

Y según los  estudios citados, a los que me resisto en seguir al pie de la letra por mi capacidad soñadora, estas cubanas asumen de otra manera las relaciones de parejas y el cuidado de su salud.

Según los demógrafos nacionales, cerca de la cuarta parte de ellas (son más de un millón) están divorciadas, separadas o solteras, y muy pocas ponen sus vidas en manos de especialistas. Al hurgar en el trasfondo de esas uniones aflora la inestabilidad; una atropellada sucesión de rupturas y nuevos enlaces.

A esos dilemas suelen sumarse los trastornos de salud, típicos de estas edades ( la crisis del climaterio y luego las brujerías de la menopausia), condimentados además con viejos mitos, como el de la pasividad erótica a esa edad. ¡Dios me libre!, sin que me esté haciendo propaganda, porque estoy convencida de que la sexualidad en la madurez es mucho mejor, por la experiencia, la responsabilidad y esa seguridad que no se tiene a los 20 años.

Y para colmo estas mujeres son las que menos se alimentan en sus hogares, aseguran los expertos. Imagínense que ya de por si tiendo a reprimir ciertos gustos nutricionales, aunque no tanto porque vivo orgullosa de mis libras, mis canas, mis arrugas, y ahora de mi cicatriz, desde el ombligo hasta la mismísima frontera donde el vientre cambia de nombre, frase prestada de mi amigo para describir sutilmente mi anatomía.

Foto: Kaloian

Ante futuro tan “prometedor” (exceso o más trabajo, poca alimentación, cero sexo y nula compañía masculina), creo que no hay más alternativa que recurrir a lo que me sugiere mi amigo. Sueño, luego existo. Lo repito una y mil veces más.  Y por eso hoy tengo la certeza de que cualquier día de estos voy a ver  mi alba o mi crepúsculo en ese malecón habanero, donde alguien, rodeando mi cintura con sus manos, susurrará a mi oido,  Beija eu,/Beija eu,/Beija eu, me beija./Deixa/O que seja ser/Entao beba e receba/Meu corpo no seu corpo,/Eu no meu corpo/Deixa,/Eu me deixo./Anoiteca e amanheca…

Katia Monteagudo

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Comments
One Response to “Sueño, luego existo”
  1. Roberto Torres de la Torre dice:

    En otras latitudes, hasta el sueño se le prohibe a los pobres y desposeídos, a los que no tienen nada que perder y menos aún…nada que ganar, a no ser una vida mejor en el otro mundo. En Cuba, por el contrario,
    soñamos con un porvenir mucho mejor, conscientes de que para materializarlo tendremos que trabajar mucho y muy duro.

    Soñamos con la paz y la prosperidad, con todo aquello que podamos compartir con los demás. En ese sueño casi idìlico u otúpico nos animan los años vivimos con un sistema que tiene al hombre en el centro de su atenciòn.

    Soñamos como soñaron todos los hombres y las mujeres que antes lucharon por un mundo mejor; a ese sueño me refiero yo.

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