Tuinucú o el Macondo espirituano

Siempre lamenté no haber tenido una infancia como la de Gabriel García Márquez. Al Gabo le envidio, aparte de su prosa extraordinaria, el haber crecido en un pueblito de nombre impronunciable, criado por dos abuelos fabuladores y rodeado por la magia del Caribe colombiano. Lo imagino de niño, escuchando las historias de guerra que le hacía su abuelo coronel o los relatos de miedo narrados por la abuela. Imagino a la Aracataca de entonces como un villorrio a un costado de un río lleno de piedras iguales a huevos prehistóricos, y casas alineadas tan perfectamente, que todas recibían la misma cantidad de sol.

Pero yo nací en una ciudad de provincia común, en un apartamento entregado por la Revolución a mi abuela tabaquera. Ella falleció antes de haber yo nacido, también mi abuelo, que murió alcoholizado. Me quedaron los maternos, obreros de toda una vida, quienes sólo supieron mantener una familia inmensa y darle el impulso para caminar por sí sola. Apenas compartí el techo junto a ellos por no más de dos años.

Mis abuelos vivos casi no me contaron historias, si acaso, los recuerdos nostálgicos de los 80’ cuando en Cuba había de todo, o las penurias de su adolescencia antes del triunfo de la Revolución; uno, limpiaba zapatos, y la otra, era una muchachita más de una larga familia terrateniente arruinada por los desfalcos de su administrador. Pero de esto, casi todo lo he conocido por las confesiones sueltas de otros, que poco a poco he ido empatando para crear mi novela.

Crecí con las historias que leía, pero nunca se podrá comparar con el deslumbramiento del relato narrado por una anciana medio loca, ni con  las historias novelescas que siempre esconde un caserío.

A esta altura de la vida, las ilusiones irrealizadas de la infancia quedan como los fósiles en la corteza. Pero a veces, basta con un brochazo para resucitarlas. En mi último viaje a Sancti Spíritus, pasé un día en el pueblo donde vive mi madrastra, un lugar que no aparece ni en la Wikipedia, ni tampoco se encuentra en Google fotos de su geografía. Tuinucú sólo es un punto más en el mapa, una imperceptible huella en las cartografías como única señal de su existencia.

Llegué en la madrugada, y el cansancio sólo me permitió darle una ojeada a aquella casa construida por un  norteamericano hace cerca de un siglo. Para alguien que casi toda la vida ha vivido en apartamento, aquel lugar parecía infinito, con cinco cuartos, dos baños y sus respectivas tinas, una sala como para jugar fútbol, un comedor –lujo para mí que sólo conozco de cocinas-comedor, salas-comedor, pero nunca comedor a secas-, una cocina de cuando se sazonaba con los aromas del carbón –aunque la hornilla eléctrica repartida por el CDR ya había tomado señorío-, un patio tragado por la hierba y un platanar medio abandonado.

Al despertar descubrí nuevos detalles: un piano en la sala, un pasillo en el que crecían flores, un horno de hacer caramelos y un viejito amarrado a un árbol de almendras que parecía hablar latín… Volví a despertar. La arquitectura del lugar había excitado mi cerebro, y mi mente me traicionaba con sueños macondianos. En realidad, una señora casi centenaria me esperaba con un pedazo de pan y una taza de café con leche. En la casa sólo estaban ella y su hermana, otra anciana prehistórica. Mi padre siempre me hablaba sobre lo milagroso de su longevidad. Con más de noventa años tenían la frescura de un adolescente. Y no tardaron en demostrarlo.

Mis preguntas comenzaron a hacerles bordar la larga historia de la casa. Allí había vivido el administrador del central azucarero. Toda concentración urbana siempre tiene detrás una justificación, y aquella bestia de metal para engendrar azúcar había sembrado la semilla de Tuinicú. De ahí que las distribuciones actuales responden a la arquitectura de campamento: la fábrica, las moradas de los jefes, y a su alrededor, las carpas miserables de los trabajadores. Hoy, las jerarquías han desaparecido, pero las disposiciones de los puntos cardinales toman como centro a la planta.

En el pasado, los pisos de la casa eran de maderas preciosas. El tiempo se los comió. El granito sustituyó a la caoba. Enfrente, los norteamericanos habían construido un paseo, y un pequeño domo en que tomaban el té tratando de sentirse colonos europeos que traían la civilización a tierras selváticas. Ahora, sólo quedan columnas desmigajadas, mierda de vaca, perros  vagabundos y locos sin techo.

No recuerdo mucho las fábulas de aquella mañana. Mi memoria entierra la mayoría de lo que oigo. Pero todo cuanto veo y siento, sobrevive a cualquier trampa del tiempo. Mi papá y mi madrastra –es hora de decirlo, hija de una de las ancianas- no tardaron en llegar. El resto de la mañana pasó entre tragos de ron ligados con jugo de piña y conversaciones sobre literatura, pintura, política… Al lado, una familia, también medio borracha, celebraba con la música de los mariachis, mientras nosotros discutíamos sobre un libro de Bulgákov y la perestroika de Gorbachov en la Unión Soviética. Mi mente corría por dos caminos paralelos, la charla por un lado, y la ranchera por el otro. El entusiasmo del alcohol unía ambas partes por la analogía de sentimientos. Cada cual en su nube, pero empapados por la misma lluvia.

Las historias presentes del pueblo comenzaron a brotar: el cartel que una vez habían colgado en lo más visible de la zona, en el que se leía: “María, Pedrito te pega los tarros con Juanita”. O la tubería subterránea que una vez instalaron desde el central  para robar alcohol y transportarlo directamente a los toneles del mercado negro. O la historia del niño violado por tres homosexuales. O del líquido que sale de las pilas, a veces con lombrices y caracoles fosilizados, porque en Tuinucú no hay acueducto y el agua viene directamente del río.

Entonces llegué a ciertas conclusiones: el encanto de una ciudad no lo define ni su tamaño, ni el ritmo de sus sonidos. Se puede vivir junto a doce millones de personas, y estar tan aburrido como si se estuviese junto a doscientos. El verdadero magnetismo de un lugar lo ofrece la melodía de sus acordes, las historias que ocultan las piedras, las coincidencias y mixturas imposibles.

Mi madrastra me regalaba cigarros a escondidas, mientras mi padre protestaba por el humo. En ese momento, sentí una felicidad tan inocente, que creo nunca haberla vivido. Me imaginé en un futuro, escribiendo una novela sobre un pueblito llamado Tuinucú, o menos pretencioso, yo con noventa años cuidando de un platanar en una casa de casi dos siglos y llena de nietos alborotosos. Era feliz, y tardé mucho en descubrir la causa. Una vez revelada, me faltó poco para llorar: en un día había hecho realidad el sueño infantil de vivir en Macondo.

Luis Alejandro Yero

Fotos: José Manuel Rodríguez Calleja

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Comments
2 Responses to “Tuinucú o el Macondo espirituano”
  1. Celia dice:

    Solo te puedo decir mi querido escritor, que los años mas felices de mi vida, los viví en Tuinucu. No se si tendría valor para regresar.

  2. tato dice:

    Hola katia casi te dejan sin funcionarios en Santi Spiritus me imagino como dicen por alla deben de haberles dado dos galletas para que hablen y 7 para que se callen pues de donde robaban esos cuadros que conecciones tenian .
    ese es el problema que cuando ahora vean que hay muchos inplicados enpiesan tirar tuallas par no dar una imagen al enemigo y al pueblo del depelote que hay alla

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