La lucidez de la locura

Una ciudad sin locos, es como la carne sin sal. Son ellos quienes resumen el espíritu de las urbes, los condimentos que dan color y vida al rutinario paso de los carros, a la gente apurada y las indolencias de las grandes concentraciones. Un sujeto que destaca entre la multitud, ajeno a las inquietudes, a las resquebrajaduras del tiempo, al ir y venir de las sombras.

Hablar con los chiflados, debería ser el primer paso de cualquier viajero que llegue a un lugar desconocido. Las esencias del ambiente, ellos las atrapan con pasmosa sensibilidad. Además, la sinceridad esquizofrénica es la más intensa de todas. Chaplin dijo una vez que sólo los niños y los locos dicen la verdad; a unos los educan, a los otros, los encierran.

Vislumbro a Montmartre en París, con sus cúpulas blancuzcas y sus calles empinadas, llena de pintores y turistas extasiados. Entre la muchedumbre imagino a un excéntrico mendigo hablando de Picasso, Matisse y sugiriendo las mejores esquinas donde conseguir las putas más baratas.

Pero nunca he ido a París, ni he desandado sus arterias. Sólo sé de La Habana y sus locos. Su demencia y sabiduría. De todos los personajes de la ciudad, uno destaca por lo festivo de su figura. Dice chistes hirientes o reconfortantes, todo depende de cómo estén sus humores. Creo que se llama Manolo.

Su lugar de aventuras, la calle 23, avenida principal del Vedado habanero. Se le puede encontrar lo mismo en una parada, que en la cola del cine para ver la versión soviética de La Guerra y la Paz, sentado en alguna cafetería, o simplemente parado en la esquina de 23 y 12. Siempre visible con su andar carnavalesco. Usa camisas largas, y pantalones bien subidos en la cintura. No importan los 33 grados de temperatura, ni los vapores del asfalto. A veces, una cuchara le adorna la trabilla del cinto. Otras, una destartalada reproductora de CD cuelga de su pantalón. ¿Servirá? ¿Oirá alguna canción? No sé, y aunque me mata la curiosidad, nunca le he preguntado.

Bajo sus inmensos espejuelos descansan par de ojazos azules. Lástima que los esconda el cristal de sus pantagruélicos lentes. De vez en vez, cuelga unas gafas oscuras sobre los anteojos, quizás para multiplicar lo bufonesco de su perfil. Pocos dientes sobreviven en su dentadura, y no por ello, sonríe menos. Al contrario, cualquier pretexto le sirve para soltar una risotada, cualquier motivo le da alegrías.

Manolo tiene habilidades simpáticas.  Canta y baila en las paradas como si lo hiciese frente a un atento público. Sus contorsiones recuerdan a Michael Jackson, y su voz, a la de un ronco Elvis Presley. También es un excelente traficante. Un mago le envidiaría la cantidad de objetos que puede sacar de sus bolsillos: maquinitas de afeitar usadas,  pilas eléctricas, alambres, gafas –según él italianas, de las mejores-, casetes viejos, folletos de educación sexual. A cualquier chance, saca sus mercancías y las exhibe como un negociante turco. “Baraticas, importadas del yuma”.

Manolo, atrapado por el lente de Alejandro Menéndez Vega

A su alrededor, la gente a veces le sonríe, otras, le huyen o lo maltratan. En cierta ocasión, la vendedora del cine Chaplin, no lo dejó entrar. “Deja de molestar a los clientes”, le decía. Yo no paraba de reír, porque Manolo insistía en hacerse pasar por un turista norteamericano, con un spanglish tan hilarante, que recordaba a las películas de indios intentando hablar con los vaqueros. “Yo ser americano, ai spíkin inglich”.

El Vedado sería un barrio común sin Manolo, un lugar donde la gente siempre camina apurada, como si algo los persiguiera, o alguien esperara impaciente por ellos. Un manojo de calles salpicadas por cafeterías con moscas, cines húmedos, discotecas bullangueras, colas interminables  y tráfico casi perpetuo. Por suerte, están sus chiflados, con sus alegrías y enajenaciones.

Una vez leí que los locos son las personas más cuerdas. Siempre me fascinó el misterio de la frase. Los desequilibrados ejercen sobre mí una extraña atracción. Representan intensos personajes para futuras historias. Su alegría sólo se compara con la de los niños. Quizás, en algún momento, pueda descubrir la lucidez de Manolo.

Luis Alejandro Yero

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Comments
4 Responses to “La lucidez de la locura”
  1. Guido dice:

    Excelente el blog! Me hizo recordar de este personaje que en varias ocasiones me arrancó carcajadas, ya sea haciendo pasos de ballet en medio de la calle 23, cuando caminaba como robot y reproducía con la boca todos los sonidos del robot, o cuando se hacia pasar por un piloto de carreras conduciendo entre la gente, cuando mas cola habían en las paradas aledañas a 23 y 12. Si pudieras también hacer un artículo sobre otro loco muy famoso en La Habana, que controla las guaguas frente al Coppelia, se pasa el día gritando! Gracias! Saludos..!

  2. Me uno a las felicitaciones, la verdad que me parece que el contenido es bastante …. Es muy interesante tu blog.
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  3. Francotirador dice:

    Quizas la locura sea la “perfeccion” que los normales no logramos alcanzar.No sabemos-si profundizamos bien- donde comienza la razon y donde termina.Asi en este mundo “cuerdo” todo lleva un toque de “locura”, siempre viendo a travez del cristal que la existencia nos impone.

  4. Frantz dice:

    Hola Luis,

    C’est toujours rempli de sens tes posts. Maintenant que je t’ai connu, je te promet de relir tes posts antérieurs de façon a cadrer les textes avec le personnage.

    Saludo

    Frantz

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