Una jarra de cerveza

El domingo recibí la noticia de que un buen amigo falleció. Lo supe por el Facebook. Una amiga y colega  me lo comentó por el chat. Félix Pestana era su nombre. El pasado sábado tuvo un infarto. Y su corazón se partió en dos. Se dedicaba a la pintura, pero fue muchos años profesor de Literatura.  Era uno de los más respetados intelectuales espirituanos.  Lo recuerdo siempre valiente, polémico. Fue también un ensayista de filosa prosa.

En mi estancia espirituana, de hace  algunos días, resultó la primera persona que vi cuando llegué a mi ciudad natal. Yo iba montada en un bicitaxi, y pasé por la puerta de su casa, en el justo momento que salía. No lo veía desde hacía mucho tiempo. Creo que más de dos años.

En los 10 días que estuve en Sancti Spíritus,  a finales de este mes de agosto, me crucé con Pestana tres veces en la calle. Me invitó a su taller, que queda en el mismo centro del bulevar espirituano. El día antes de mi partida  pasé por su estudio. Allí estaba con su esposa. Hablamos mucho. Política, arte, economía cubana, la familia. Desmontamos incluso semánticamente la canción El Necio, de Silvio Rodríguez, y lo insté a que me escribiera esas ideas para mi blog.  Me dijo que muchos no entienden esa canción, y es una de las más valientes que ha hecho Silvio.

Él era especializado en la interpretación semántica, como profesor de Literatura. Recuerdo sus últimas palabras: “Tengo miedo, Katia”. ¿Quizás presentía el acecho de la  muerte? Creo que no, pero algo debió sentir, cuando me dijo eso. No le iba bien la venta de sus cuadros en su galería. No había podido vender casi ninguno. Los turistas que llegan a la ciudad pasan y prefieren entrar a la Plaza del Mercado, a sugerencia de sus guías. “Eso es contrarrevolución. Llevarlos ahí, es eso”, me dijo bastante molesto y por las condiciones en que está ese mercado de oferta y demanda.

Inesperadamente, en el momento de mi visita, entró una turista francesa. La invitó a mirar sus óleos al pastel, sus fotografías. Le habló en perfecto francés. Luego al taller entró una de sus ex-alumnas para refugiarse de una llovizna veraniega. Ya no la recordaba. Pero ella sí. Nunca olvidó al profesor Pestana de Literatura. “Y yo era muy inquieta, indisciplinada. Pero en sus clases no”, le dijo.  Él sonreía y trataba de buscar en su memoria el rostro adolescente de aquella mujer.

También llegó un joven conocido preguntándole cuánto le costaría una pintura del lugar donde su novia y él se comprometieron. “Eso depende”, le dijo. “Tráeme la foto y nos ponemos de acuerdo”, respondió finalmente.

Su esposa y yo comentamos el detalle de aquel muchacho. Nos preguntamos si era de esta galaxia. Él le recordó a ella la vez que hizo lo mismo. La pintó en un óleo enorme con su hijo en brazos y se lo regaló un Día de los Enamorados. Recordaron sus años de noviazgo y de casados. Casi 43 años juntos. Fue un momento magnífico. Incluso, me invitó a almorzar a su casa, y yo no quise ir por no darle más trabajo a su esposa, que estaba preparando el equipaje de su hija, a punto de partir a Mali, a dar clases de piano. Su hijo mayor vive en Madrid, y es músico también.

Le acepté tomarnos juntos una jarra de cerveza en una cafetería por CUC. “Una sola que no hay más dinero”, nos dijo en broma, mientras registraba su cartera. Allí volvimos a descargar sobre lo humano y lo divino, tomándonos aquella bebida. ¿Habrá sido su última cerveza? Una semana después ya no estaba definitivamente. Le hablé de lo que hace Fúster en Jaimanitas para que la gente vaya a ver su casa- galería.  Pensó en hacer lo mismo.

Nos dimos los números telefónicos y correos electrónicos. Y casi que lo convencí de que me escribiera sobre la canción de Silvio. Nos dimos un abrazo. Yo fui calle abajo y ellos calle arriba. Vi como me decían adiós.  Aún lo veo diciéndome adiós y cargando la jaba de frijoles negros para que su hija se los llevara al Mali africano.

Hoy la misma amiga que me contó de su muerte me mandó una crónica.  Ella se llama Delia Proenza Barzaga. Es periodista del Escambray, el periódico donde me inicié en mis trajines periodísticos. Visitó el taller de Pestana, y al ver los cuadros que pintaba antes de fallecer, las musas la inspiraron. Aquí se las dejo. Igual que la mía, que nació de un mail que le envíe a un querido amigo para contarle del día que tomé cerveza con Pestana en el bulevar espirituano.

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Los últimos cuadros de Pestana

Los pies me habían llevado hasta allí luego de andar, sin rumbo, por el mismo corazón de Sancti Spíritus. Cierta necesidad de deambular, luego de dialogar on line con mi colega Katia Monteagudo, me impulsó exactamente a ese lugar. “¿Estás segura de que es Pestana, el del bulevar?”, me había preguntado la hoy periodista de Prensa Latina a través del chat, y ante la respuesta afirmativa, su frase de asombro, repetida: “¡No lo puedo creer, no lo puedo creer!”. Luego escribiría, con el atropello propio de las malas noticias recibidas de sopetón, cómo sólo unos días atrás había departido largamente con el pintor, y este le había hablado de sus planes. “Incluso me prometió enviar un trabajo expresamente para mi blog, con la canción El Necio, de Silvio Rodríguez, como tema”, seguía Katia, sin poder zafarse del desconcierto.

Inesperadamente ella dejó el chat y yo decidí salir. Y ahora, después de conversar sobre el suceso unos minutos con Serapio, músico de la vieja trova espirituana, estaba allí, frente a la vivienda contigua a la Asamblea Municipal del Poder Popular de Sancti Spíritus, en cuya sala Félix Pestana daba forma, desde hacía alrededor de un año, a sus espacialísimas obras.

Me disculpé con Ana, la dueña de la casa, quien acababa de despedir a alguien. Pero algo me impelía a mirar el entorno donde el artista recibía afablemente a tanta gente, que hasta mi propia hija, quien acaba de vencer el cuatro año de la Licenciatura en Estudios Socioculturales, al conocer la noticia de su muerte exhaló una frase de lamento y dijo: “¡Ese hombre era lo más tratable del mundo, me habló muchísimas cosas acerca de lo que yo estaba investigando!” Luego de ir al cuarto volvió con un plegable que Pestana le había regalado. Era la presentación de su expo en el hotel Plaza y contenía, además de una sinopsis del autor, su foto y algunas muestras de sus cuadros, las palabras escritas para la ocasión por Manuel Echevarría Gómez, mi compañero de tantos años. La reseña de Manuel destilaba originalidad y él, una vez desmontada la muestra, tuvo a bien agradecérsela regalándole uno de los cuadros más interesantes y hermosos.

“Este es el que estaba pintando ahora”. La frase de Ana, una señora dulce y de claros ojos, me devolvió al momento actual. Miro un lienzo sobre un caballete en cuya parte baja están todavía las pinturas. Arriba y a la izquierda, ya coloreado, un manojo de flores con sus hojas. Parecen rosas, unas más grandes que otras, y priman los tonos rojo, malva y azul. Abajo, cual si se tratara de una mesa puesta, una jarra transparente, algún tazón, y más a la derecha las figuras nacientes de dos platos. Más allá una copa, cuyos contornos apenas se adivinan. “La copa debe ser el último objeto que empezó a dibujar”, creí decir para mis adentros, pero Ana lo oyó. Pensaba en voz alta. Sin firma, este era, también sin dudas, el último cuadro de Félix Pestana.

Pero abandoné la idea en cuanto me concentré en otra obra, colocada delante de aquella y evidentemente concluida. Un flamante puente Yayabo, de vivos colores, aparece frente al espectador, mirado desde la margen izquierda del lado opuesto al Teatro Principal. En primer plano, a la izquierda, el espesor de un colorido follaje. Justo las edificaciones ubicadas  del otro lado del viaducto se observan, con toda majestuosidad, detrás del símbolo con sus arcadas. “Ese sí ya lo había terminado”, vuelve Ana, y reparo en la firma en la esquina inferior derecha.

Distribuidas en las paredes de la pequeña habitación, no más de una decena de cuadros. Naturalezas muertas, casi siempre floridas; algún paisaje; una esquina de la ciudad colonial que la señora me conmina a reconocer y yo, en mi confusión, apenas identifico; la Iglesia Mayor en una foto cuyo ángulo el artista debió estudiar muy bien, y al lado, otra instantánea donde una persona, atareada en alguna faena de índole mecánica, se ve reflejada en lo que parece un foco automovilístico.

Ya oscuro y con una llovizna pertinaz abandono mi acto de intrusería, que he camuflajado con la curiosidad periodística para justificar mi presencia allí. Percibo cierta satisfacción, cierto sosiego junto al sentimiento de pérdida que embarga a muchos por acá.

Luego de releer las líneas escritas por Manuel, donde por más influencias que intentó buscarle al estilo de Pestana no pudo hallar otra  más fuerte que la del propio pintor, quise ir y mirar el entorno donde su creación fluyó hasta casi el día de su muerte. “Hará una semana que pasé por allí y lo ví conversando con Katia”, me había dicho mi hija. Katia acababa de escribirme, incrédula. Ella, seguro, estaba redactando algo sobre Pestana para su blog, y yo había conseguido adentrarme un poquito en su micromundo, de hombre dotado con la magia para manejar el pincel y deslumbrar con sus obras. Profesor de Español y Literatura, también debió encantar, sin esfuerzo alguno, durante sus conversaciones.

Así, bajo la naciente oscuridad de los primeros minutos de la noche del 29 de agosto, cuando hacía menos de 48 horas que había abandonado este mundo, volví sobre mis pasos por la misma ruta que casi a diario caminaba él para llegar a su estudio, tan céntrico que parece escogido para estar a la vista de cualquier curioso.

Agradecí a Ana, quien comentó su interés en resguardar las obras, patrimonio ahora de la familia, hasta tanto se decidiera adónde irían. Y una vez más me lamenté de la partida prematura de la persona y del pintor, del profesor de letras y del crítico. No podrán ser sustituidas jamás por nadie.

Delia Proenza Barzaga

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