A la orilla de un transtur

El P-5 avanza por toda la Avenida del Puerto. Un P-5 verde. Un ómnibus de la esperanza atiborrado de cansancio y de personas sudadas. El día está nublado y corre un agradable aire de lluvia, pero eso no interesa. Me bajo cerca del centro de artesanía en divisas. El Mercado, así le llaman al viejo almacén de puerto devenido salón de cuadros en serie. Irritantes chevrolets clásicos y horribles mulatas con maracas.

Son las cuatro y media. Espero una guagua que me resolvieron y que no llega hasta las cinco, una de esas Transtur hermosas que trasladan turistas y que se pasean por las carreteras cubanas con total impunidad. ¡Pobres mortales!, parecen decir los choferes cuando algún desubicado saca la mano pidiendo botella; un adelanto, brother, un adelanto. En verdad no debiera estar blasfemando. Al menos por esta vez voy a librarme del azaroso trayecto Habana-Matanzas. Además compartiré asiento con alguna francesita linda, rubia y limpia de las que se ponen falditas cortas y se pintan los labios de un rosado desquiciante. Tengo que aprender el idioma de Balzac pero ya…

Me arrellano en un banco largo que da a la turbia bahía capitalina y saco de la mochila la transcripción íntegra de la entrevista hecha por la directora del diario La Jornada a Fidel Castro. La mujer pregunta acerca de la persecución a homosexuales que ocurrió en la Isla por las décadas del sesenta y del setenta, y Fidel asume toda la responsabilidad de lo sucedido. Si alguien es responsable, soy yo -dice. No conozco a ningún político actual capaz de semejante cosa. Me rompo la cabeza para no pecar de chovinista, pero no encuentro otro. Resulta curioso cómo tales errores todavía ostentan un marcado cariz político. A veces me aburro de las mismas preguntas y de los mismos temas. Saturan las consignas baratas, los panfletos agobiantes, los “¡Corteeeen!!Repetimos!” de la televisión cubana… en fin, toda la pudrición desfigurada que se esconde detrás de la Revolución y que uno se cuestiona de qué mala versión de película de realismo socialista la sacaron. Pero uno también se hastía de las quejas lastimeras de ciertos pisoteados por funcionarios del arte, de los gemidos que guardan detrás un resentimiento insano y aberrante, una vocación al odio y a la inmolación baldía, y que pretenden ganar adeptos a base de llanto de funeraria, proyectándose como chisme de vieja sin conexión alguna con el futuro. Con el hoy. (Creo que Cuba necesita un Lemebel.)

Aquí todo viene y toda va hacia lo político. La mera descripción -el costumbrismo ingenuo- no tiene cabida. Esta generación conoce a los héroes justos (“los muertos de mi felicidad”), y a los segregados de las nefastas políticas culturales de antaño. Del pasado nos vale lo verdadero. Lo otro, el discurso hueco, es puro alimento del olvido.

Pudiera seguir, pero si empiezo a hablar de este enrevesado país no termino nunca, a no ser que Obama por fin ataque a Irán y el planeta se convierta en un plomizo invierno nuclear.

No, de veras, sobre eso no tengo mucho que decir, solo seguir las noticias como un individuo más, como otra oveja del rebaño contemporáneo. En cambio, ahora veo a estos niñitos cubanos -negritos, blanquitos, mulaticos- casi encueros pidiendo dinero a los turistas y pienso detallar en ello, porque de esto no se ha dicho casi nada, o se ha dicho mucho, pero lo que se ha dicho no me convence.

Andan descalzos por toda la acera, con pantaloncitos cortos, raídos y sucios. Van detrás de los europeos cual si fueran mascotas dóciles extendiendo las manitas y levantando el índice. Piden un fula, uno solo, por favor, no sean fulas, con un simple fula se contentan. (Tengo un poco de rabia, un nudo en la garganta, pero no nos pongamos dramáticos.) Ninguno llega a los nueve años. Vienen todas las tardes y realizan la misma labor. Casi siempre son los mismos.

Viven por esta zona de La Habana Vieja, unas cuadras hacia adentro, más acá del puerto, donde se esconde una ciudad contradictoria y mágica, aunque ya nada de eso nos asombre. No están aquí por voluntad propia. Trabajan para las madres o algún familiar que los envía. No se mueren de hambre. En Cuba existen el mismo hedor, la misma pesantez, casi el mismo estilo de pordiosero que en todo el resto del Tercer Mundo, pero la gente no se desnutre, la gente fallece de súbito por el colesterol.

Dos de los muchachos pasan cerca de mí y los ahuyento.

-Si siguen pidiendo dinero llamo a la policía, cojone.

Me miran como diciendo de dónde carajo salió este imbécil y se alejan con temor. (Siento un escozor terrible.) Piden y piden y nadie les da nada. Inflan la barriga y encogen el rostro. En vano. Parece ser un día malo. Los turistas se ríen y los apartan igual a si espantaran moscas o patearan a un perro flaco. (Me asfixio.)

Qué podrán saber los europeos. Para ellos es idéntico al resto de los países. Desconocen que estos niños no tienen necesidad de llegar a tal punto de indigencia, piensan que estos niños sobreviven al límite del último minuto, y ni aún así son capaces de otorgarles una pequeña limosna. Ser turista es algo tenebroso. No conoces un carajo de nada y crees saberlo todo. Yo no quiero pecar de nativismo. Me provoca náuseas el papel de latinoamericano resentido incapaz de un diálogo civilizado y postmoderno, pero estos blancuzos arrogantes agotan mi paciencia. Extraño sería lo contrario. Si descargara mi furia contra los niños, niños cubanos por demás, habría que amarrarme las manos, taparme la boca y soltarme en el centro de la bahía como una de las tantas latas de refresco que contaminan y nos dan este aspecto deplorable.

A lo lejos se divisa Casa Blanca. Un pueblo donde -ha decir de Carpentier- el murmullo del mar ya se toma por silencio.

Me veo abandonando la universidad para custodiar este tramo de acera de la Avenida del Puerto. Agarrar diario un P-5 y fungir de velador a la hora en que los extranjeros acuden orondos al Mercado para que los estafen. Les multan hasta el último Cohíba y ellos sonríen. Que se lleven todo, los souvenires que no necesitamos, las postales de estirpe Tropicollage, pero que dejen tranquilos a los niños.

Ahora corren. Por la calle pasa una patrulla de policía y huyen despavoridos. Saben que hacen algo ilegal, y de alguna manera, desde bien temprano, están fijando su destino. Correr. Sobrevivir. Huir de la ley. Vivir al margen. En una marginalidad sui géneris. La patrulla prosigue y regresan sigilosos. Yo, que no le dejo a nadie una peseta de propina, me registro los bolsillos para darles algo y que acaben de largarse, pero no tengo un medio. La vida de estudiante está dura. Y la vida de estudiante becado aún más.

Camino hacia ellos y les digo que andando, que giren, que se piren, que arriba, que qué se han creído, que se apeen, que pesan en el lomo de la nación. Hacen silencio y me miran con una mezcla de lástima y odio, como se mira a los viejos resabiosos. (El nudo se agranda. La glotis parece una masa cruda de pan.) Tal vez se asome algún adulto a reprocharme porqué le estoy jodiendo su negocio.

Intento distraerme y comienzo a releer la entrevista de Fidel. Confiesa que pesó 66 kilogramos en algún momento de su recuperación, después de haber “resucitado”. No imagino al líder cubano con sus más de seis pies de altura pesando poco más de 140 libras. Pura desolación. Si mi padre lo hubiera visto en ese estado se hubiera echado a llorar. Es probable que si Fidel hubiera salido en pantalla gran parte del país se hubiera echado a llorar, en vez de aplaudirlo automáticamente, como es costumbre. Es muy probable. Pero es solo una suposición.

Lo real es esto. Uno de los muchachos se rasca el pelo y mendiga con ahínco. Ya no pide dinero. Apenas un poco de refresco, un buche de la lata de Najita que un portento de rubia se bebe con efusividad. El niño debe tener sed de tanto caminar. Han montado en sus respectivos ómnibus alrededor de siete grupos y nadie ha dejado un mísero centavo. Después de sopesar el refresco, la europea deja un fondaje y le ofrece la lata. Vira la espalda y sonríe.

Debe ser una puesta de teatro. Un sueño. Una trama grotesca. (Me siento fatal, humillado, como si recordara los detalles de una de esas broncas de la infancia donde a uno le suenan trastazos hasta en el cielo de la boca.) Tengo ganas de asirla por el pelo y vaciarle la cartera, pero no soy mujer ni homosexual carismático y el tipo que lleva al lado es un primor ario, un verdadero albino, enorme, con 16 pulgadas de bíceps; y yo, sin desnutrición ni nada, mido tan solo 1.70 y peso apenas 60 kilos. Esto se debe a que tengo ínfulas de intelectual, y si ni fumo, ni tomo ron, ni prendo porros, al menos debo comer poco, porque quién ha visto -excepción hecha de Lezama y de Diego Rivera- un intelectual gordo y de puntería.

Son las cinco menos cinco y el aire de lluvia se transforma en gotas finas. El guía turístico hace una seña y entiendo que ya puedo trepar al ómnibus. Los niños corren para no mojarse. Se fugan una vez más. Creo que no debo prestarles demasiada atención. Estoy exagerando. Tomo la lata de refresco del piso y con un buche rápido empujo hacia el estómago el mendrugo incómodo. Algo demasiado impreciso para que pueda ser expulsado.

“¿Qué es eso -dice Fidel al final de la entrevista- de que unos son españoles, otros ingleses, otros africanos? ¿Y que unos tienen más que otros…?”

La Transtur atraviesa el túnel de la bahía y en un televisor pequeño, colocado encima y a la derecha del chofer, se observa el perfecto rostro de Audrey Tatou. Se oye una música suave, casi perfecta, y la actriz que protagoniza Amelie lanza piedras a contracorriente sobre la superficie del agua clara de un canal francés.

Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

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Comments
4 Responses to “A la orilla de un transtur”
  1. Revolucionario hasta la Muerte dice:

    Jeffrey nos cuenta que Fidel comio pan con aceite de oliva y pescado con ensalada. Y un vaso de vino rojo.

    ¿Sera el vino el de 600 dolares la botella que sus ex-nueras aseguran consume con regularidad?.

    ¿Alguien se atreve a preguntarle?.

    Con una botella de vino de 600 dolares se le puede pagar el salario anual a casi 3 trabajadores cubanos.

    Saludos.

  2. Revolucionario hasta la Muerte dice:

    Carlos Manuel:

    Nuestro Comandante invito a Jeffrey al acuario a ver el show de los delfines.

    Alguien le recordo a Fidel que los Lunes el Acuario esta cerrado. Y Fidel respondio: “va a estar abierto mañana”. Y lo estuvo.

    Nuestro Comandante muy bien podria haber esperado al Martes o al Miercoles. El Lunes es el dia de descanso para el personal del Acuario.

    Fidel nos enseño su poder absoluto. Si el quiere llevar un amigo al acuario hay que abrirlo para su disfrute. Sus deseos personales son mas importantes que los derechos de los obreros del acuario.

    Fidel debe tener mucho cuidado. Los periodistas extranjeros, aun los que simpatizan con el, no son carneros como Randy. Van a exponer la verdadera naturaleza de nuestro Comandante en Jefe aun cuando lo hagan entre lineas.

    Muchos Saludos.

  3. Revolucionario hasta la Muerte dice:

    Carlos Manuel dijo:

    La mujer pregunta acerca de la persecución a homosexuales que ocurrió en la Isla por las décadas del sesenta y del setenta, y Fidel asume toda la responsabilidad de lo sucedido. Si alguien es responsable, soy yo -dice. No conozco a ningún político actual capaz de semejante cosa

    ===========================================

    Cuando un funcionario del gobierno encarcela por 4 años a cientos de sus ciudadanos injustamente se expone a ser demandado por estos ciudadanos. El aceptar culpabilidad implica tener que pagar por el sufrimiento causado.

    Pero como dueño unico de la revolucion Fidel puede hacer sufrir a quien quiera sin tener que pagar por sus errores

    Ese tipo de impunidad puede ser la razon por la que la revolucion “no funciona ni para nosotros mismos”.

    Saludos.

  4. Revolucionario hasta la Muerte dice:

    Carlos Manuel:

    Esos niños que piden una fula estan “resolviendo” el salario de un par de dias de trabajo de sus padres.

    La razon de este problema la acaba de explicar el dueño de nuestra revolucion. “El modelo cubano no funciona ni para nosotros mismos:.” – se alega le comento al periodista Jeffrey Goldberg.

    Nuestro problema es que el modelo cubano no funciona para el pueblo pero funciona muy bien para nuestros dirigentes y sus familias..

    Las novias y ex-esposas de los hijos de nuestros maximos lideres alegan una vida sin privaciones y en algunos casos al estilo de los playboys capitalistas. Renunciar a esa vida no es facil.

    Por eso debes conformate con la seguridad que ninguno de esos niños que piden fulas son hijos de nuestros maximos dirigentes. Cada vez que te sacrifques, o veas el sacrifico de otros cubanos, recuerda que no es en vano. Es para el bienestar de quienes te gobiernan de por vida.

    Muchos Saludos.

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