Taconear la Rampa

La Rampa es mi calle preferida en La Habana. Creo que son pocos los cubanos que no gustan de esta avenida. Y si somos guajiros, mucho más. Realmente no es una calle. Es la misma avenida 23.Quizás su punto final. Toda una bajada que comienza en L y termina cuando choca con el muro del malecón. La escoltan el hotel Habana Libre, el cine Yara, el Pabellón Cuba, la Feria de los Artesanos, los ministerios de Salud Pública,  de Trabajo y Seguridad Social,  del Azúcar, y el Instituto de Aeronáutica Civil, entre otros edificios de viviendas que se entremezclan con tiendas, cafeterías, bares, restaurantes, pizzerías, galerías…

En la multiplicidad de sus componentes están los claroscuros de vivir a lo cubano hoy: la doble moneda, el transporte desbordado o el meroliqueo callejero, aunque este pedazo de vial apenas ha cambiado en 50 años. Creo que todo 23 se mantiene igual. La primera vez que lo transité tenía 18 años. Lo caminé de arriba abajo junto a mi padre, en busca de un estudio fotográfico, donde pudieran hacerme al momento un par de fotos tipo carné. Tan solo dos imágenes de un centímetro cuadrado. Por no tenerlas casi no ingreso al Alma Mater, ni me hago periodista. “Lo sentimos mucho, pero faltan dos fotos”, nos dijo inconmovible la secretaria de la Facultad de Artes y Letras, como si Sancti Spíritus quedara en la esquina de Zanja y Boyeros, y un viaje de regreso y vuelta al otro día, de casi 500 kilómetros, se pudiera hacer con chasquear los dedos.

Mi padre y yo nos lanzamos a caminar el Vedado. Azorados, como buenos guajiros, desembocamos en La Rampa. Transcurría agosto de 1983. No recuerdo cómo llegamos hasta allí. En ese momento me pareció aplastante, con sus edificios de más de 20 plantas, cuatro vías y el tráfico infinito. Imagínense, criada en una aldea del siglo XIX, con coches de caballo como principal transporte público, hasta los días de hoy. Eran los inicios de la época de oro de La Habana post-revolucionaria. Al menos, la que me tocó a mí. La era de los mercados paralelos, atestados de mercancías del CAME. Los tiempos del pollo frito a un peso y 20 centavos, la cerveza a 80 quilos, las páprikas búlgaras, el melocotón polaco y el petróleo soviético en abundancia. Ese que nos llegó hasta sobrar y se lo regalábamos a los sandinistas, recién llegados al poder en Nicaragua.

Aquel día mi padre no lo olvida aún. Ya han pasado 27 años. A cada rato me recuerda cómo encontramos un pequeño estudio en el sótano de un edificio en L, al lado del restaurante Bulerías, donde -“estímulo” mediante- nos hicieron el favor. Ahora, en ese mismo lugar, por 1.20 CUC te hacen seis fotos tipo carné al momento. Rampa abajo se puede encontrar otro FOTOSERVI instantáneo. En los bajos del edificio donde radica mi centro de trabajo. Hay otros más en el resto de la calle 23. Pululan en toda La Habana.

Ese fue mi primer encuentro con La Rampa. De la fecha acá, mucho la he taconeado. En frío, en verano, bajo la lluvia, sola, acompañada, triste, alegre, apurada. En mis tiempos de estudiante la caminaba con varias amigas en busca del Coppelia, donde solíamos celebrar el resultado de cada examen. También en los días de festivales de cine latinoamericano. Mucho la he taconeado realmente. La he desandado desde y hasta el malecón. Cuesta arriba y cuesta abajo. Y aún la taconeo. Sobre todo al atardecer, de regreso a mi casa. Busco la acera de la sombra, me pongo mis espejuelos oscuros, cuelgo mi cartera bajo el brazo y comienzo mi contoneo por la calle, como buena cubana. Ya no me espanta. Porque eso sí, hay que tener estilo para caminar por La Rampa. Lo que solo se aprende con el decursar de los años.

Guajiros y turistas se reconocen de inmediato en esa avenida. Caminan asustados o buscando la letra de cada esquina: L, M, N, O … A los guajiros nadie les hace caso, aunque siempre hay alguien que los orienta. Los turistas son la presa preferida de los lazarillos que allí abundan. Jóvenes, bien vestidos y de labia fácil. Siempre andan a la caza de visitantes extranjeros para proponerles hospedajes, tabacos, ron, artesanías, chicas o chicos. Y se los ofertan por igual a una monja que a una musulmana. Los habaneros sobresalen, porque siempre caminan apurados y con algo de comer en las manos. Pizzas y perros calientes sobre todo. Bajo un sol que raja o en una fría noche allí se puede comprar desde un cucurucho de maní, un aguacate maduro hasta manzanas verdes acarameladas.

Igual ese pedazo de 23 reúne, de día y de noche, la más increíble fauna criolla cubana: travestís, emos, mikis, góticos, roqueros, vampiros, proxenetas, hombres lobos, jineter@s. Todos se entremezclan con la multitud, que sube o baja por sus anchas aceras. Tampoco hay loco o desamparado de esta Habana mía que aquí no se encuentre. Ahí están con sus estrafalarias indumentarias, alegrando, alborotando y hasta molestando. La recorren y se adueñan de sus esquinas más concurridas. Es común ver un borracho que pide para seguir de parranda; un minusválido o un anciano que reclaman ayuda; pagadores de promesas que claman en nombre de su santo.

Suelo ver con frecuencia a un muchacho joven, semidesnudo, con barba y cabellera hirsuta, que coloca una pequeña caja de cartón, junto a su San Lázaro. Luego se tira a dormir al suelo. Allí reposa, mientras la gente pasa y le deja caer su pesito. Una vez me tomé el trabajo de mirar sus ofrendas. Había reunido en un día, mucho más de lo que gano como periodista. Conté 80 pesos, y solo me pagan 21 por jornada.

Me han comentado que ese es otro negocio más de La Habana. Que cada esquina de 23, incluida La Rampa, está estudiada y designada para una persona determinada. La zafra mayor se hace en la temporada de los festivales de cine. Yo realmente me niego a creer tal nivel de organización, aunque no soy ciega a los que ahí están pidiendo.

Esa avenida solo la he visto desierta una noche. Un frío 31 de diciembre de 1984. No pude viajar a mi tierra natal y con una de mis hermanas esperé el año nuevo en el Coppelia. Casi nos congelamos. Ese día la Rampa parecía de luto. Nunca más me he atrevido a visitarla una fecha como esa. El resto del año, siempre está animada, aunque creo que anda de espaldas a las noticias.

La Rampa marcha a su ritmo y la Isla a otro. Ahí todos caminan, o corren detrás de un camello, o simplemente hacen una cola. Es muy difícil escuchar un comentario de lo que sucede en el país. Incluso, preguntando. Un día tuve que pararme en la puerta del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social para buscar criterios sobre la desaparición de los comedores obreros, y nadie quiso responderme.

Por eso yo digo que La Rampa me resulta apolítica. Solo bulle en días de fiestas y pachangas. Vi su mayor explosión, cuando allí recibieron a los Industriales, ganadores de la última Serie Nacional de Pelota. Toda la bajada fue tomada por los fanáticos. También se agita cuando hay un festival o un concierto en la Tribuna Antiimperialista José Martí. La Rampa sigue inconmovible si se pone un nuevo ministro -en cuatro años se ha renovado casi todo el gabinete cubano-, si se avisa la salida de un millón de trabajadores de sus empleos, si se extiende el trabajo por cuenta propia y resurge la pequeña propiedad privada, o si se anuncia la guerra nuclear. Este vial continúa moviéndose como si no le importara el mundo o su Isla, o como si solo le interesara sentir apurados pasos sobre su piel de hormigón y asfalto.

A pesar de su desidia política, yo amo esa calle. Ahí decidí mudarme para La Habana en noviembre del 2003. Caminaba y encontré a un coterráneo, mago de profesión, y le pregunté. “Muy difícil, Katia. Ni con magia permutas”, me dijo. Nueve meses después, ya estaba instalada en los Bloques del Cerro. En esa bajada igual vi por última vez, a mi último gran amor. En ese momento solo atiné a pensar lo pequeño que es el mundo. Me saludó nervioso. “Te dejo”, le escuché decir en la despedida. “Ya nos dejamos, recuerda”, le respondí, y seguí Rampa abajo, contoneándome feliz, segura de encontrar al final de esa avenida, en el mismísimo muro del malecón, mi próximo gran amor.

Katia Monteagudo

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Comments
One Response to “Taconear la Rampa”
  1. liset dice:

    A mi tambien me encanta la Rampa. Recuerdo que de niña tenia que atarme bien a las manos de mis padres, para no resbalar en el granito pulido de sus aceras, y me quedaba extasiada con las reproducciones de los artistas fundidas alli. La Rampa se convirtio en una galeria de arte en aquellos años, y visitarla me encantaba porque observar la grandilocuencia de su arquitectura, respirar el aire de gran urbe que trasmite y luego entrar a Coppelia, eran de por si un paseo de fin de semana formidable.
    Estando en la Universidad era obligado entrar al Habana Libre a refrescarnos con un mojito, luego de salir del estadium universitario. Entonces costaba un peso con setenta y cinco centavos: un regalo que cualquier estudiante podia hacerse por lo menos una vez cada semana. Aunque no ibamos siempre, porque las opciones eran tantas que podiamos escoger. Mi primer empleo estaba ubicado muy cerca de alli, por lo que casi todos los dias a la hora del almuerzo nos escapabamos al Coppelia, y comiamos helado del bueno casi sin hacer colas. En menos de la hora señalada para el almuerzo incluiamos el postre helado.
    Son remembranzas de la epoca del tute, como dice un buen amigo. Tu te acuerdas de…???
    La Rampa es La Rampa, y con todos sus encantos, los idos y los de ahora, los cambio por los de las calles de mi barrio: La Vibora. No hay nada como caminar por Santa Catalina o Mayia Rodriguez o cualquiera de sus calles, desde Vento hasta 10 de Octubre, y de alli al Sevillano. Prefiero tambien caminar por La Habana Vieja, como hacia tambien de niña, cuando todavia no era la gran villa remozada de hoy. La parte antigua de la ciudad me transporta, me hace volar. No las cambio por el Vedado, aunque siga siendo un sitio subyugante, donde alguien decidio que era mejor quedarse con la tusa y desechar el maiz. Que se va a hacer a un clavel que se deshoja!!!

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