La novela brasileña o el trueque maldito de lo popular

He vuelto, después de mucho tiempo -después de un larguísimo, interminable tiempo-, a respirar feliz. Ya puedo sentarme sin miedo en el sillón carmelita de la sala de mi casa. Ha finalizado la telenovela brasileña, el último regalo de la cadena O´Globo. Una novela que bien parece otra cosa: lengua pálida, burlona, desafiante; trompetilla del capitalismo; comentario de Resillez; gorda en pelotas a la luz de la luna.

Ahora saldrá a la palestra algún especialista reconocido, y con extrema benevolencia, en una de las páginas culturales de nuestros diarios, evaluará lo positivo y lo negativo, la fotografía, las actuaciones, el suspenso, los ganchos dramáticos, los zapatos azules y la intertextualidad medieval.

Pero, verdaderamente, casi todos sabemos que La favorita ha sido el horror. Ni más ni menos. Y que la única relación que puede guardar con la Edad Media, estriba en la Inquisición. O sea, a La favorita, heroína popular, habrá que llevarla a la hoguera pública.

Aunque, como es natural, este tipo de producto tiene sus ventajas. Te acomodas, disfrutas el último capítulo y ya sabes de qué fue, lo entiendes todo. Al menos no exige, como ciertas novelas de Joyce, una concentración extrema, un total aislamiento del mundo. Incluso, no es necesario tomar asiento ni nada por el estilo. Usted puede hacer el amor (siempre que no se demore demasiado), ir cocinando, planchar, atender a sus hijos, tomarse un café, y darle de vez en cuando una vuelta al televisor. No se habrá perdido nada, salvo dos o tres preciosas vistas de Río de Janeiro, unos cuantos muslos tersos, actrices deslumbrantes. En ese sentido los productores brasileños cuidan muchísimo al espectador.

Bastan quince minutos y uno se implica con las tramas y subtramas. Con las infidelidades y los muertos y los desequilibrados de la novela. Y conoces que hubo un viejo, un señor honrado, un Florentino Ariza que esperó 50 años por su amor: la mujer de un empresario recientemente fallecido.

Pero hay más: una hermosa adúltera termina loca y tirita de frío por las calles mientras el resto de las personas se pasea en camiseta. Un ecologista medio imbécil. Un político corrupto, en estado de gracia, confiesa sus deslices, sus fachos administrativos. La protagonista, en el summun de los guiños literarios, logra escapar de la cárcel al intercambiarse con un cadáver. Y sale con la identidad de la supuesta muerta: una traficante de armas, presunta millonaria, o casi. Pero hasta en eso la última novela brasileña es diferente. Porque la única relación que guarda Donatella (patética actuación: estampa compungida y nariz roja) con el Edmundo Dantés de Alejandro Dumas es, evidentemente, el físico. Su andrógino rostro, los viriles gestos, la furia endemoniada de la inocente víctima que ve su alma rebajada a las traiciones y bajezas humanas.

Y todo eso está muy bien. Contrario a lo que parece, a mí me satisface la programación cubana. Porque hay que entender, el entretenimiento es primordial en un país sin economía, con una realidad demasiado cruda y compleja. Y claro está, el horario de la novela es para desconectar. En eso coincidimos. Nada de arte. O de decencia.

En lo que sí no coincidimos es en el principal acertijo de La favorita. Su árbol genealógico. El desprendimiento filial de los brasileños. Ahí nadie sabe quién es hijo de quién, ni cuál es el heredero, y la mayoría se parecen, y cualquiera cría a cualquiera, y todos somos de todos y nadie es de nadie. Entonces, lógicamente, la gente se confunde. Se enamoran de los hermanos, besan a los primos, vacilan a las tías abuelas, aunque no corran peligro, y ellos, los actores, lo saben, por eso se arriesgan, porque ahí está la mano del guionista para sacarlos del enredo, y al final nadie saldrá con un hijo Down o distrófico.

Por otra parte, me agrada la inverosimilitud de algunos pasajes. A excepción de Edipo Rey, yo no he leído ningún clásico griego. Pero alguien me dijo que Eurípides se burla en sus tragedias de las evidentes incongruencias en el desarrollo de ciertos mitos antiguos. Obviamente, yo no soy Eurípides, pero La Favorita tampoco es Orestes, por lo que puedo mofarme con plena libertad de las fantasías que O´Globo le vende al mundo. La dueña de un prostíbulo, o mejor, de un prostibulillo, se sienta a la mesa a comer con un magnate poderoso, con el hombre que manda a pedir su helicóptero cuando en las calles de Río hay mucho tráfico. Y cada cual tiene su estilo, y si trabajas mucho labras una fortuna, y las luces y los carros y la felicidad postmortem.

Me pregunto dos cosas. Una: si Mayté Vera no será colaboradora de esa gente. Dos: quién carajo habrá introducido las novelas brasileñas en Cuba, en un país donde afloran los debates, y se aboga por el desarrollo cultural, y se lucha por la participación activa de las masas; para entonces, de golpe, llenarnos la cabeza de basura con esta mercancía pavorosa que más bien parece una lluvia ácida o un espectáculo de circo. La favorita vende, pero en nuestra calurosa nación lo comercial es punto muerto, está más enterrado de lo que debería, por lo que estos alardes de enajenación son gratuitos. Las encuestas dirán otra cosa, dirán que la novela gusta y se prefiere. Pero el gusto es volátil, cuestión de enseñanza, de tradición, algo que martille durante treinta años termina por gustar. Aunque La favorita no es un martillo. Es un garrote.

También me pregunto lo siguiente: por qué las críticas a las novelas brasileñas son tan dóciles y en una de las páginas culturales de uno de nuestros periódicos insignias aparece, así, sin más, como caído de Marte, un artículo despiadado y obsoleto contra una novela cubana, que sin ser, ni mucho menos, un dechado de virtudes, tocaba puntos neurálgicos de la sociedad, dialogaba con determinados conflictos, tendía al mejoramiento humano, más allá de los fantasmas con arrugas y de la invisibilidad y las arrugas de la edición.

Mejor no pregunto tanto y cambio de canal. Ya ni siquiera veo la pelota. Ora porque los mejores peloteros son los que pueblan tu infancia, ora porque uno sabe que mucho de los mejores peloteros de Cuba no están presentes, ora porque el pitcheo antillano es más ingenuo que el señor Gonzalo. Lo cierto es que esas cuestiones entristecen el alma.

Busco en los canales educativos y sigo de largo. A veces, cuando lo atrapo, me siento a ver Escriba y Lea. Eso sí es programa, digo, y lo disfruto un rato. A las dos o tres decepciones apago el televisor. No es posible, hay trampas. Pero los panelistas son legítimos. Y lanzo una última pregunta: cómo coño esta gente sabe tanto. Lo que me devuelve de plano al horario de la novela. A desconectar. Por tanto, puede que me equivoque, y ser La Favorita un clásico de la ironía y el dato escondido. Recuerden, para ese entonces, que me gustó el personaje de Dodi (¿se escribirá así?), sus muecas, su eterno chicle, su incontrolable sentido del humor. Y también el tema musical.

Mientras tanto sigo en la espera. La Doctora María Dolores Ortiz y el Doctor Pérez Herrero son demasiado, demasiado buenos actores. Pero sé, estoy casi seguro, si me dejo llevar por la línea de descenso, que la próxima telenovela estará infinitamente peor. Y quizás esto forme parte del intercambio cultural entre los pueblos latinoamericanos, y es muy probable que O´Globo, el cuarto conglomerado de medios de comunicación a nivel mundial, nos siga proponiendo de buena fe sus productos en serie, sus jodidos negocios, y cuando ni yo ni este artículo existamos, la novela brasileña existirá, y cuando mi generación muera, mis hijos y los hijos de mis hijos seguirán disfrutando de más Favoritas, y cuando Cuba no sea más que un verso de Lezama, una frase de Martí, un empaste de Portocarrero, un acorde de Brouwer, un parlamento de Memorias, en fin, un diminuto, utópico y glorioso párrafo en el testamento de la Historia, el espacio de la novela seguirá en pie, viajará por la galaxia, regará su estela sobre la noche insular, en busca de otra tierra lejana y solitaria, y si por alguna terrible casualidad las series brasileñas desaparecieran, ahí estará la burocracia, los funcionarios, inamovibles, más allá del tiempo y de los gustos, para decirle a la población que no se preocupe, que en nombre de la identidad continental, y otros asuntos de vital importancia, echaremos mano, y pondremos para ustedes, el excelso arte de las novelas mexicanas.

Carlos M. Álvarez Rodríguez.

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Comments
4 Responses to “La novela brasileña o el trueque maldito de lo popular”
  1. Maggie dice:

    Volviendo a las novelas da Globo, ellas no tienen nada que ver con el intercambio cultural entre los pueblos. Si acaso con la globalización de un padrón de vida, o mejor de la idealización de este, pues la mayoria de sus espectadores sólo consume las imágenes ya que su poder adquisitivo está muy por debaijo de esos padrones. La Globo con su imagen hipnótica manipula y controla, a través de la formación de opinión. Sólo contempla la pobreza maquillandola.

    Tal vez la television cubana no pueda competir con los recursos de los globales, pero sin dudas, la inventiva de los cubanos podría hacer producciones mas cercanas a sus intereses y realidades. Los sueños de los cubanos sus fantasías sus desejos serían bien mas interesantes y no sólo para Cuba.

  2. josema dice:

    Hola amigo Carlos desde Málaga/España; acabo de leer tu estupendo comentario sobre las telenovelas que
    acabas de “disfrutar” en tu sillón carmelita de tu linda casa en La Habana, que yol he venido visitando desde
    1995 al 2005, fecha ésta última que de forma definitiva dejé de visitaros por previsiones de salud;ya a mis
    cerca de 80 abriles to aguantaba casi 10 horas de vuelo a 10.000 m. de altitud y me producía arritmia;o sea
    que lamentablemente lo tuve que dejar por iniciativa personal, no por exigencias de ningún doctor, sencilla-
    mente “de sentido común” y de supervivencia. Bueno, disculpame este rollo que no viene a cuento de lo que
    estaba hablando que es de tu lindo comentario y a elo voy.

    Yo personalmente detesto y aborrezco todo tipo de telenovelas y me producen “asco” muy profundo por lo
    artificiales en su contenido; yo les llamo “culebrones” y son actores mediocres, y malos de solemnidad que
    no los conocen ni en su casa, y esto es lo llamo “el opio del pueblo”; esto me recuerda lo mismo que los
    paises arabes que yo visito muy frecuente estos meses ( Marruecos/Túnez/Argelia o Egipto) sobre todo me
    enamora Marruecos y en especial EL JADIDA a 1 hora de Casablanca.
    Bien al grano, “el opio del pueblo” en estos paises árabes es la religión; Es lamentable cómo les comen el
    coco al pueblo estgos dirigentes politicos árabes que bajo los AYATOLAS, es el caso de IRAN, mangonean
    al estilo de Fidel Castro en Cuba y son dueños y amos de la voluntad popular;les retiran la libertad de forma
    total,cierran la ventana “window” de Internet, y ponen STOP porque se avergonzarían sus dirigentes de lo que
    MAL opinan en sus paginas y les quitarían sus caretas de falsos e hipócritas; o sea, igualito que en CUBA
    !!AH!! La doctrina del “comunismo” que hacen terriblemente pobres y miserables a los que las padecen
    ,fíjate el caso de COREA DEL NORTE, destina todo su dinero en armamento y al pueblo que “le den por allí….”
    Una pena este puto mundo lo loco que está……..

    Bien por tu artículo, y renuncia a estos culebrones de telenovelas que son para comer el coco al pueblo; (eliminanos esta oración por ser ofensiva, de mal gusto y apologista al asesinato de nuestros gobernantes)

    Cordiales saludos de Málaga/España; os quiero a todos desde España.

  3. Maggie dice:

    También me pregunto por qué en Cuba insisten en esas novelas da Globo que son lo peor de la manipulación y de las apologias capitalistas.

  4. stefano dice:

    Soy de Brasil y estoy de acuerdo…. las novelas de acá son 1 decadencia

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