Nosotros, los del tren

Ella, él y yo

en el mismo tren. Una misma noche. Bajo la misma luna. Después, el mismo amanecer. El mismo sol. Contando las mismas horas que se empeñaban en demorar. Oyendo el mismo ruido incómodo de unos raíles de antaño. Sintiendo el mismo frío, las mismas ganas, la desesperación. Observando a Matanzas, la misma. Dicen que hermosa, que con una bahía única. Para mí, que la vi tras una pincelada de la noche, hubiese podido ser un Camagüey, o un Bayamo, o un lugar de los Espíritus Santos. Hubiese podido ser Cuba, achicada, o prolongada después de unas cuantas horas. Todo es lo mismo, o casi. Era, al fin y al cabo, el mismo tren, un mismo día de febrero, que nos contenía. Éramos ese día. Fuimos esa noche. Y parecíamos lo mismo.

Ella

no recuerdo cuándo subió en el aparato de hierro con ruedas  en que íbamos. Tal vez en la Habana, la del malecón, la ya vieja, la de siempre, la misma. Llegó al vagón, apenada, cubriéndose la cara cuando unos jóvenes la atrajeron y la quisieron fotografiar. Con la mirada humilde. Una fotografía y demasiado mirada.

Él

en Matanzas. Allí empezó su viaje, que parecía el mismo de cualquier otro. Le vi parado entre dos vagones, como no queriendo estar en ninguno, como odiando a ratos el tren, parado en el lugar que quizás no era tren. Mirando hacia lo lejos la noche manchada por unas cuantas luces y como huyendo, como queriéndose encubrir en algo que después supe.

Yo

desde la mismísima Habana. Emprendiendo un viaje que un momento dudé en hacer, rodeada y sola en el vagón. Observando. Fingiendo, leyendo, entendiendo a Gordimer, a los negros, a los blancos, a Sudáfrica.

Ella

dice que Migdalia. Le preguntaron y respondió que se llamaba Migdalia. Pensé que era un nombre demasiado serio, quizás sobrio para una mujercita como aquella. Cabello corto, delgada y bajita. Una niña hecha adulta a la fuerza. Un cigarrillo, cuando quizás ya estaba harta de ruidos, de noches, de horas. En fin, toda una niña con olor a nicotina, casi ingenua, y un nombre que tal vez nunca haya sido suyo.

Él

servía en un bar. Al fin y al cabo era más fácil que ser periodista. Me dijo. Y da menos problemas. También lo dijo. Pudo haberse llamado Pedro, Eduardo, René. Yo nunca supe su nombre y me alegro de ello: los nombres son simples palabras que estorban. Allí estaba, con la diferencia de una mirada huidiza y atenta para que su madre no lo viera fumarse el cigarrillo.

Yo

Carla. No lo elegí y no sé quién lo hizo por mí. Y para colmos, uno segundo: Gloria. Yo que quizás no tengo rastros de Carla y mucho menos de Gloria. Allí estaba yo, Carla, y Gloria, a la vez. Sentada, creo que pensando en que nunca me he llevado un cigarrillo a la boca, e imaginé cómo sería aspirar, tragar, sostener, rumiar, expulsar aquel humo. Yo lo pensaba. Él y ella lo hacían por mí.

Ella

quizás nunca querida por nadie y querida un rato entonces aquel día por unos cuantos jóvenes que la rodeaban. Cuenta que ni su casa era ya su suya, que le estorbaba a sus nietos. Iba rumbo a Ciego de Ávila. No sé a qué. Quizás andaba por ahí, por trenes, por ciudades, buscando amor, o nietos. Yo la observaba y le descubrí raros destellos  de inocencia a aquella mujer que nos miraba profundo, y nos contaba, y creo que se sentía feliz. Y creo que se sintió abuela por un rato en el vagón de un tren.

Él

se quedaba en Holguín. Hasta allí llegaban los raíles para el muchacho de piel tostada y cigarro en la mano. Hubiese querido abordar esa noche para ir a escalar una montaña, si era la más grande de Cuba, pues mejor. Pero no. Su tía, de 31 años, acababa de sufrir un derrame cerebral. El cigarro le temblaba. Olía a cigarro y a resignación. Después de todo era fácil morir a los 31, era fácil dejar a un niño de un año atrás. Hay cosas que suceden así, fáciles. Y aquel tren seguía su marcha, calmada, cada vez más serena. Un tren nunca sabe de la carga que lleva encima.

Yo

allí. Sentada. Parada un rato. Un rato respirando el aire de los campos cubanos que no conozco. Huelen a Cuba. Cuba huele bien casi siempre. Hasta Santiago. Hasta Santiago me dirigía yo. Ni en busca de amores, ni de nietos, ni a saber si alguien vivía o no: yo sí iba en busca de montañas. La más alta. Quizás a experimentar qué se siente tener a Cuba a tus pies, a quererla desde lo alto, a ver si en estos tiempos se ve más linda de lejos.

Ella

dijo en un momento que nunca había entrado a una iglesia y  preguntó que, al final, qué tenían que ver Jesús y Dios. Creo que pensé bien al imaginar a Migdalia como algo raro y especial a la vez. Es raro y especial encontrar a alguien distinto en este mundo de gente poco original y obstinada. Me contentó pensar que existía alguien, que ese alguien estaba cerca de mí, en el tren, que no se rompía la cabeza pensando en cómo diablos vino al mundo, en cómo diablos hay mundo.

Él

le pedía. Yo sé que le pedía. Tanto cielo cansa. Tanta estrella cansa. Tanta noche, cansa. Él miraba hacia arriba. Una cachadita. Hacia arriba. Otra cachadita. Seguía mirando. Una más. Y miraba, y sus ojos lo decían todo. Y hablaban. Y me di cuenta que ni cielo, ni estrellas, ni noche. Le pedía a Dios. Quizás su tía mejoraba. Y se daba otra cachadita.

Yo

la observaba un momento. Lo observaba. Y pensaba en cómo unos ponen sus esperanzas  en lo que otros ni siquiera toman en cuenta. Me sentí poco original, obstinada, pero con muchos deseos de mirar hacia arriba, y no al cielo, ni a las estrellas, ni a la noche; sino mirar. Y ver.

Ella

ya se tenía que ir. Y nos besó. Uno por uno. Y nos volvió a besar. Y dijo que se iba con dos tristezas: una, que llegaría a la casa de Ciego y no vería a su madre que había muerto hacía unos meses; y la otra, que ahora se marchaba preocupada por nosotros, por cómo subiríamos aquella montaña, por nuestras travesuras en Santiago. Y sentí una sensación extraña. Yo, que no sé qué cosa es tener abuela, me sentí nieta.

Él

se bajó. Yo lo había perdido de vista hacía un rato, y al rato supe que había dejado atrás a Holguín, y al muchacho del cigarrillo. Me sentí mal. Le tenía que haber dicho algo, deseado suerte. O no. Quizás hubiese hecho el ridículo. El más grande. La vida y la muerte no es cuestión de unas cuantas palabras, y mucho menos de suerte.

Yo

los dejaba irse. Y se fueron. Dejaron atrás el tren.  Yo me quedaba allí, entre el ruido, la incomodidad.  Me faltaba aún. No mucho. Después de un tiempo supe que sí, que Santiago, que ya, que adiós tren, que había llegado.

Ella, él y yo

 ya no éramos lo mismo. O sí. Yo podría llamarme Migdalia, ella ser periodista, y él no saber qué diferencia hay entre Jesús y Dios. Ella hubiese podido, después de un rato, dejar a un lado a Gordimer, decepcionarse de negros, de blancos y de todo; yo entristecerme por una madre que ya murió; y él haber subido la montaña más alta de Cuba. Todo es lo mismo, o casi.

Ella quizás ahora estuviese por ahí, añorando, queriendo, inventándose nietos a bordo de un tren. Él, a lo mejor llegó, y sí, su tía estaba bien, recuperándose. Tal vez fue de la estación al cementerio. Dos lugares hechos para llegar, para despedir. Yo subí la montaña. Y subía, y quería ver a Cuba más y más alta. Y llegué. Y unas nubes, torpes, me lo impidieron. Y pensé que a Cuba hay que mirarla de cerca, bien cerca.

Imaginé que al final no es tan malo montarse en un tren, y compartir un ruido, una luna, unas horas. Que quizás los trenes sean solo pretextos. Que no debe ser tan malo fumarse un cigarrillo. Que ella podría andar ahora por algún parque de Holguín, yo en algún sitio avileño y él escribiendo la historia de un tren, de unas personas que fueron, que quizás son lo mismo.

Carla Gloria Colomé Santiago

Foto: Juan Camilo Cruz Rodríguez

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