La isla bonita reloaded

Esta ciudad no deja de sorprender. Conocía guaguas donde pernoctaban choferes amantes a Silvio. También en una ocasión encontré a un seguidor de Bob Marley. Esto ya entra casi en el surrealismo. Las guaguas son lugares para escuchar frases impúdicas o despertar sentimientos de erotismo morboso. No queda más remedio que imaginar fantasías sexuales entre tantos roces y estribillos pegajosos incitando a orgías masivas. Ésta es la norma, con las ya mencionadas excepciones como extravagancias musicales. Pero nunca, nunca en los anales épicos del transporte urbano en La Habana, existió registro alguno de choferes escuchando a Madonna.

Era la mismísima Reina del Pop: ícono gay de medio mundo, dinamita en las modas de los 80’, ídolo de cuanto músico quiera vender un millón de discos, energizante para discotecas newyorkinas o londinenses, la misma que ha escenificado masturbaciones en multitudinarios conciertos a no menos de 30 kilómetros del Vaticano. Pero  aquí estaba, en el lugar más insospechado para los ejecutivos de disqueras, especialistas en marketing, modistas y paparazzis. La isla bonita sonaba como un cruel sarcasmo en un sofocante P-2, monstruo con ruedas construido en China.

La postmodernidad más exuberante desfilaba como una dama desnuda en una pasarela. Intuyo que nadie se percató. Tampoco creo que supieran mucho de modernidad o postmodernidad. Con el apuro de llegar a sus insospechados destinos y junto a los tambaleos de un país asediado por el cruel imperialismo, la peste de la burocracia y las variaciones en los termómetros de las bolsas mundiales, a quién carajo le sobra tiempo para enterarse que un loco llamado Duchamp exhibió una tasa de baño como ilustre arte. Para la mayoría, el tiempo sigue impoluto.

A mí, sólo me quedaba la respuesta más comprensible en estos tiempos tecno-barrocos: soltar una carcajada. Realmente era delicioso ver cómo el consumo cultural de la periferia corrompe, destruye, reconforma cualquiera de los usos planificados desde las esterilizadas fábricas del entretenimiento. ¿Habrán imaginado allá por los 80’ que alguna vez Lucky Star sonaría en una apretujada guagua habanera más de una década después? La Reina del Pop reducida a vocecita adolescente, escupida por unos altavoces de fabricación china, ante un público insensible a las delicadezas pop. Está buena esa música, ¿verdad?, Ay para hacer aerobios es una maravilla. Joven, le gusta la canción, eso es lo que necesita la juventud de ahora, alegría para vivir.

El Vedado ya se anunciaba y aún no podía comprender tales improbabilidades. El chofer parecía un tipo normal. Uniforme planchado, gafas a lo Tom Cruise, barrigona de tipo casado, feliz y con hijos, jerga del populacho, manos inmensas, voz de estibador, mi hermano, qué carajo tú haces escuchando a Madonna. Like a virgen brotaba de los altavoces. Entonces realicé un pequeño ejercicio: imaginé al chofer escenificando a la diva pop en algún karaoke gay, y a la diva pop estrujada en este P-2 tratando de no ser derribada por los frenazos impetuosos de choferes sin cortesía. Tales imaginaciones eran inevitables.

Disfrutaba enormemente ver a los nuevos líderes de las masas globalizadas, despojados de lentejuelas, halos fascinadores, flashes de cámaras, turbas fanatizadas, catalizadores de modas, de los nuevos himnos de esta tonta humanidad. La Habana escapa a todo ello. Allí ésta. Apenas sobrevive. Encerrada en su propio tiempo, en un calidoscopio sideral donde el pasado, presente y futuro forcejean a trompadas. El resultado: un éter ajeno a cualquier explicación racionalista. Quizás, seamos nosotros los griegos de la contemporaneidad, e inventemos el mundo que vivirán los hombres de los próximos dos mil años. Quizás, los choferes de guagua sean los nuevos Aristóteles, los creadores de las futuras Poéticas, de los otras sucesiones que rompan con los ya inoperantes introducción, desarrollo, nudo, desenlace.

Madonna ya casi llegaba a su destino. El recorrido fue largo: periféricas barriadas cuasi rurales, edificios y ministerios inundados por hormigueros de funcionarios, zonas marginales de inocente capital que intenta ser comunista, avenidas con algún que otro perro arrollado e ignorado luego por servicios comunales que dejan podrir los cuerpos. La Reina del Pop debió soportar que la ignoraran provincianos cargados de maletas. Su voz era la parodia de un tiempo incomprensible para cubanos que en aquel entonces sólo sabían del osito Misha y películas soviéticas. Sólo ahora, muchos años después, y gracias a los caprichos de un surrealista chofer de guagua, llega el pasado, que ya no es pasado, tampoco significa presente, y no pareciera mostrar las marcas del futuro.

Luis Alejandro Yero

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