Noblezas de puta


Se siente bien. Nadie lo reconoce. Ni los dependientes ni los camareros. Ni siquiera la carpetera rubia que hace unos días le dio la bienvenida. Fuma un cigarrillo y sigue con la vista las volutas de humo. Lleva en la cabeza el bombín de siempre. De color negro. Lleva un pulóver también de color negro con un signo de interrogación a la altura del pecho y encima un traje (pantalón y chaqueta) de rayas carmelitas y grises. Luce muy elegante. En la cara, dibujada a lápiz, una sonrisa leve, a punto de quebrarse, pero que a todas luces resulta imposible que se quiebre, imposible que se desdibuje o que se transforme o que simplemente desaparezca.

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